Si Ollanta Humala no hiciese maravillas en sus afanes de redistribución de la riqueza, si su gestión macroeconómica terminase signada por la medianía, o si los escandaletes lo acompañan durante su mandato, eso, creemos, a la inmensa mayoría de peruanos le importaría poco si logra, en cambio, resolver el ya indignante estado de inseguridad ciudadana en el que nos hallamos.
Lo sucedido con el congresista Renzo Reggiardo –a quien le extendemos los parabienes porque felizmente no pasó a mayores lo que pudo ser una tragedia inmensa- debería servir para marcar un antes y un después respecto del tema.
Las mafias delictivas, sin duda muchas de ellas asociadas al campante juego del narcotráfico (por lo pronto, es evidente, y así se ha descubierto en países que han pasado por dramas similares, los sicarios contratados para proteger a los barones de la droga se dedican en sus “tiempos libres” a cometer fechorías), son hoy en día las dueñas de las calles de las principales ciudades del país.
Hacen y deshacen a su antojo, a vista y paciencia de los llamados a imponer el orden. Les importa un comino ir presos, inclusive, porque saben que saldrán libres muy pronto y podrán volver a las andadas.
Ollanta Humala ha anunciado que él, cumpliendo la ley, va a presidir directamente el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana. Eso es el punto de partida básico para afrontar el problema. Así como en un Consejo de ministros se toma cuenta de los avances de cada sector y se actúa en consecuencia, en este Consejo se debería hacer lo propio.
Allí participan entes autónomos, como el Ministerio Público y el Poder Judicial, pero la mano presidencial es capaz de embarcarlos en una estrategia que, sin vulnerar sus fueros, llegue a planteamientos muy concretos respecto de lo que se debe hacer para devolverle la tranquilidad a la ciudadanía.
El problema es multisectorial. Desde los poderes ya señalados, hasta el Ministerio del Interior y de Justicia, pasando, por cierto, por los gobiernos regionales y municipales, todos ellos son co-responsables de lo que sucede.
Y no es, como muchos piensan equívocamente, tan solo problema presupuestal. Basta aplicar el buen criterio y coordinar esfuerzos para hacer maravillas que efectivamente cambien el statu quo.
No es exagerado decir que el Perú enfrenta una guerra de la misma magnitud que la que enfrentó hace décadas frente al terrorismo. De hecho, si queremos recurrir a lo empírico, más muertes ha causado ya la delincuencia común que Sendero Luminoso. Y amenaza con escalar niveles más altos. He allí el peligro mayor que el país enfrenta en estos momentos.
Juan Carlos
Tafur