Un sector del gobierno parece creer que la exigencia de que el presidente Humala rompa su silencio absoluto, instaurado desde que asumió el poder, obedece tan solo a cierta ansiedad de los medios por obtener información de primera mano. Se equivocan de cabo a rabo, porque, la verdad sea dicha, por lo general ningún titular suele desprenderse de las declaraciones presidenciales (ni siquiera Alan García, que se creía el gran hacedor de primeras planas, manejaba la agenda de los medios).
Lo que preocupa es que no es ningún secreto político que el momento ideal para que un gobierno obtenga el impulso político suficiente para iniciar grandes reformas es, justamente, cuando inicia sus funciones. La cabalística referencia a los “primeros cien días” de un régimen obedece precisamente a ello, porque se espera que en ese lapso se sepa ya cuáles van a ser las líneas maestras que signarán los cinco años siguientes.
Y al respecto hay varios problemas que ameritan un liderazgo político que sea encabezado por el Presidente. Somos un país presidencialista. De Incas, virreyes y caudillos, como siempre reiteraba Manuel D’Ornellas. Es, en esa medida, Humala el que debe llevar las riendas no solo internas sino públicas del poder.
La reforma del Estado, la reingeniería total del proceso de descentralización, la modernización logística de los programas sociales –que hoy en día son un desmadre ineficiente y corrupto-, la consecución de un mayor grado de seguridad ciudadana, son, por citar algunos temas, problemas que van a exigir, para su puesta en marcha y eventual solución, de que se vea en ellos la mano presidencial.
Por más notable que sea el gabinete ministerial, por muy coordinada que esté la bancada parlamentaria oficialista y sus aliados, por muy buenos operadores políticos que tenga –que, además, ni los tiene ni parece querer tenerlos-, eso no es suficiente para generar el entusiasmo y adhesión social (política, empresarial y, sobre todo, ciudadana) que el emprendimiento de las reformas señaladas requiere.
“Apenas tiene doce días en Palacio y ya lo están presionando en exceso”, señalan algunos. Bueno, pues, ya consumió el 12% de la fase en la cual debería haberse generado ese ánimo propicio, y al respecto nada de nada.
Si en los cálculos de Ollanta Humala está esperar primero la presentación de su gabinete ante el Congreso para dar recién “inicio real” a su mandato, se va a dar con la ingrata sorpresa de que ya para entonces se habrán generado núcleos opositores y se habrán activado resistencias que pudieron haberse evitado o roto si la dinámica presidencial fuese mayor.
El pedido de elocuencia hacia él no es un prurito sensible de los medios. Es un sano consejo político que busca ayudarlo a facilitarle la transformación del país, que efectivamente muchos esperan, con sana expectativa, que se lleve a cabo, para desmontar el Perú inorgánico que hemos heredado por culpa de la gestión ultraderechista de Alan García.
Juan Carlos
Tafur