Una de las pérdidas intelectuales más importantes que el Perú ha tenido en los últimos años es la de Javier ‘Pocho’ Tantaleán Arbulú. Fallecido hace un par de días, de modo inesperado, lejos de casa, imbuido en uno de los tantos proyectos que bullían en su pensamiento y lo apasionaban.
Maltratado injustamente, luego del primer gobierno del APRA, Pocho tardó en recuperarse de esas indignas humillaciones que la política peruana suele prodigar en excesos que ojalá algún día cesen.
Pero, a punta de decencia, afecto y enorme inteligencia, no solo logró reconstruirse sino que se hallaba en un proceso de madurez y entrega intelectual que, si la muerte no lo hubiese cogido de sorpresa, lo iba a tener de protagonista central de un debate que en el Perú sigue inconcluso, el de nuestra real historia.
Acababa de publicar ‘El virrey Francisco de Toledo y su tiempo’, fruto de años de investigación en medio de su, a ojos del visitante, desordenada, inmensa y caótica biblioteca.
Su inacabable curiosidad lo llevó en los últimos años a empaparse del pensamiento liberal. En el recuerdo nuestro atesoraremos las interminables sobremesas, hablando de los primeros liberales económicos, de la escuela de Salamanca, de la línea institucionalista de Douglass North. Su formación académica no lo había llevado antes a esas orillas, y hablaba de sus descubrimientos y enlaces con otras corrientes de pensamiento con la pasión que todos sus amigos le conocían.
Pero no solo se ha marchado un hombre inteligente. Más que eso, se ha ido un hombre decente y bueno. Atento a los problemas de sus amigos, componedor inagotable de rencillas, oyente perspicaz de los entresijos psicológicos de las personas que quería y respetaba.
Supo darnos una mano en momentos complicados, esos que hasta los amigos tratan de soslayar. Y sin pedir nada a cambio. Absolutamente nada. Por ello, le sumamos a nuestro pesar por su futura ausencia intelectual, una expresión de gratitud. Se ha ido un gran peruano y peruanista, quizás en su mejor momento. Queremos rendirle homenaje en esta columna a un buen hombre y un gran amigo. Su obra nos acompañará para recordarlo siempre.
Juan Carlos
Tafur