La iniciativa del presidente del Congreso Daniel Abugattás de sesionar en Ica ha generado controversia por el gasto que ello implicaría. La verdad es que nos parece una crítica deleznable. El país necesita urgentemente gestos políticos que acompañen el desarrollo económico y entre ellos cualquiera que efectúe un poder tan desacreditado como el Parlamento debe ser bienvenido.
Pero el tema también debe servir para volver a poner sobre la mesa de discusión la necesidad de reformar la Constitución y restablecer la bicameralidad, con una cámara de senadores que represente el interés general de la Nación y otra de diputados que sea la asamblea que canalice la participación política de las provincias. Si así fuera, este peregrinaje iqueño ni siquiera sería necesario.
“Es la economía, estúpido” fue una frase acuñada por el equipo de estrategas de Bill Clinton durante la campaña en la que derrotó a George Bush padre, en 1992, con la intención de transmitir que, más allá de los pergaminos de su adversario en materia de política exterior, lo que interesaba a la gente eran sus asuntos cotidianos. Lo que fue una consigna interna terminó siendo una fórmula verbal para expresar que a la gente lo que le interesa finalmente es su bolsillo y sus pesares del día a día.
En el Perú hemos vivido las últimas décadas bajo esa guía tácita. Pero los tiempos han cambiado y ha quedado demostrado que ya la economía personal no basta para conducir a la población al estado de satisfacción con el sistema. Se requiere de algo más para lograr que el propio orden económico y la democracia alcancen los niveles de aceptación mínimos para que la gobernabilidad esté asegurada.
“Es la política, estúpido”, es la frase que habría que acuñar, más bien, como el principio orientador del desafío venidero. Sin una estructura política que pueda transmitir a la población que hay un Estado capaz de hacer gestos y tomar decisiones democráticamente inclusivas, los beneficios que genera una economía de mercado se vuelven intangibles, imperceptibles y soslayables.
Es ése el reclamo tácito que ha permitido el triunfo electoral de Susana Villarán en Lima y de Ollanta Humala a nivel presidencial. Los peruanos quieren no solo mejor nivel económico de vida sino sentirse parte de una sociedad y actores protagónicos del ejercicio del poder.
Una sola cámara puede haber sido, quizás, imprescindible bajo el modelo de “transición autoritaria” aplicado desde los 90, pero ese modelo ya se agotó. Y, al mismo tiempo, queda claro que la cabal representación política de las regiones no ha sido lograda por el proceso de descentralización.
Juan Carlos
Tafur