El psicoanalista Max Hernández nos describió como una “Sudáfrica solapa” aludiendo a la existencia de un racismo fuerte, pero disimulado, a media caña, a media voz. Lo terrible es que con el transcurso de los años la cosa ha ido cuesta abajo. Hoy, el racismo se ejerce desembozadamente. De solapa, el racismo ya no tiene nada.
En esa medida, la sanción que el Municipio de Miraflores le acaba de imponer a la cadena de cines UVK de Larcomar es ejemplar. Debería ser replicada por todas las autoridades bajo cuya responsabilidad ocurran hechos de discriminación racial.
Hay racismo profundo en el trato que se da a los llamados trabajadores del hogar. ¿Qué espera el Ministerio de Trabajo para inspeccionar los domicilios y verificar si se cumplen las normas laborales o si las condiciones de vida que se les brinda son dignas? Hay racismo en los clubes privados que establecen zonas de exclusión en baños o áreas de esparcimiento.
Hay racismo escandaloso en muchos balnearios del sur que impiden el acceso a las playas, que son públicas, so pretexto de la seguridad o de la propiedad de los condominios, pero que en el fondo no son sino una muralla contra la “mancha india” que no se tolera. A ver, pues, si el gobierno toma el toro por las astas y abre vías de acceso a los espacios públicos con la misma energía que ha exhibido contra los antimineros en Cajamarca.
Hay racismo en discotecas VIP del país, que impiden el ingreso a personas por su aspecto racial o su vestimenta como símbolo de extracción social. Y lo hay todas las noches sin que las sanciones sean lo masivas y extendidas que deberían ser (salvo uno o dos casos, no se conoce de más).
Hay racismo en muchos colegios privados del país que no admiten alumnos de clara procedencia cultural, sin importar que los padres acrediten la solvencia económica necesaria para pagar los estudios. ¿Existe el Ministerio de Educación para controlar este asunto? Hay racismo burdo y grotesco en casi todos los programas humorísticos que se transmiten en nuestra televisión. Y se ejerce a vista y paciencia de todos, sin pudor alguno. No sabemos a qué autoridades les corresponde prohibir que eso continúe, pero alguna debería tomar cartas en el asunto e impedir que se siga agraviando a peruanos por su raza, bajo el disfraz lamentable del humor.
El racismo es síntoma de estupidez. Pretender que ella se remedie es una ilusión y quizás nunca se logre extirpar esta tara de nuestra sociedad. Pero, por último, si los oligofrénicos quieren seguir siéndolo, será problema de ellos. Lo que el Estado no puede hacer es lavarse las manos y permitirles a esas minorías descerebradas hacer del discurso y el pensamiento racistas una acción impune. A los racistas hay que ponerles bozal.
Juan Carlos
Tafur