Lo peor que le podría ocurrir a Humala no es que termine pareciéndose a Fujimori. Su mayor desgracia sería que su gobierno se mimetice con el de su inmediato antecesor, Alan García. La eventual derechización de su gestión conduciría a un desastre político y económico mayúsculo que nos volverá a pasar la factura el 2016.
Si su evolución lo condujese a los predios liberales sería extraordinario, pero ello no parece viable. Es más probable –si efectivamente se derechizaseque lo haga hacia un modus operandi conservador y mercantilista como el que hemos visto aplicarse los pasados cinco años.
Ello nos llevaría a un escenario donde las fuerzas antisistema reaparecerían nuevamente, con fuerza creciente. Quizás aún no con presencia protagónica, pero veríamos el 2016 a Aduviris, Pizangos o Antauros con una presencia electoral que a estas alturas del progreso socioeconómico del país ya no deberían ni existir.
Ollanta Humala debe mantenerse en el centro. Y eso pasa por perseverar en un gobierno que albergue a fuerzas de izquierda y derecha, ambas con capacidad tecnocrática más que ideológica. Pero, sobre todo, transitar por la construcción de un Estado que recupere su rol central, tan ajeno a las presiones populistas como a las de los grupos de poder.
La inclusión que el Presidente considera esencial a su mandato no se agota, pues, en el despliegue de programas sociales más extendidos o con mayor presupuesto. Pasa por un Estado que priorice la salud, la educación, la seguridad ciudadana y la infraestructura básica. En suma, la dignificación de los millones de peruanos que se sienten excluidos de la modernidad ostentosa que miran pasar delante de sus narices.
Para lograr ello, Humala debe entender que el piloto automático con el que gobernaron Toledo y García no sirve. El país no se transformará solo a punta de flujos inmensos de inversiones privadas. Resulta obvio que el crecimiento genera empleo, pero si dicho crecimiento transcurre gracias a las anfetaminas mercantilistas que la derecha le ha prodigado a los grupos de poder, no servirá en absoluto. La sensación de exclusión será mayor, de acá a cinco años, que la que existe a la fecha.
Las promesas del no shock de Fujimori, la vincha roja de Toledo, la oferta populista del segundo Alan –al final, dejadas de lado- suman en contra de una expectativa popular que no desea un giro a la izquierda, pero sí un cambio. La mayoría está harta del statu quo. Ojalá no lo olvide Ollanta.
Juan Carlos
Tafur