El principal defensor de Fujimori en la última década, Carlos Raffo, está hoy abandonado a su suerte. Ni los fujimoristas lo defienden. Y menos aquellos que cobardemente se escondieron durante los años difíciles, renegando y abjurando de su líder máximo y que solo han vuelto a asomar el rostro cuando creyeron que Keiko podía ganar las elecciones.
Coincidimos con Raffo en que su juicio está cargado de pasiones políticas. Vincularlo delictivamente a Montesinos no tiene asidero alguno. Nos consta cómo cuando se produjo la campaña del 2000, los publicistas de Montesinos le declararon la guerra. El exasesor quería que Fujimori ganase con fraude para así tenerlo bajo control.
Nunca esperó que apareciese Raffo y le armase una eficaz campaña publicitaria y de marketing que pudiese colocar a Fujimori en situación de asequibilidad al triunfo. Cuando Fujimori decide hacer campaña, contrariando los deseos de Montesinos, fue Raffo el enemigo a destruir.
El afán de venganza continúa hasta hoy. Y lo cierto es que, salvo testimonios, además cada vez más contradictorios del exasesor y sus adláteres, no hay prueba alguna que lo incrimine en los delitos de los que se le acusa.
Sabemos que Raffo no le cae simpático a las mayorías, pero eso no es un delito. Le han hurgado todo y no han encontrado nada. Nos consta también que luego del 2000 no vivió bonanza alguna sino, por el contrario, atravesó una seria situación económica, con retrasos hasta en los pagos del alquiler del inmueble donde vive.
Sorprende la dureza de la acusación fiscal, pero se espera que el tribunal que en los próximos días decida su caso, sepa aquilatar pruebas penales y no las mediáticas.
Cuando sobrevino la cacería judicial de la red de corrupción fujimontesinista, fuimos de los pocos que constantemente advertíamos que debía ponerse una cuota de mesura y sensatez. Y que debía separarse la paja del trigo. Nos ganamos, por cierto, mil insultos y agravios por ello, pero no era algo que nos desvelase.
Si lo hicimos en los momentos más duros, no podemos dejar de hacerlo ahora. Y al respecto, dejamos sentada nuestra posición, con la misma claridad que antaño: en el juicio a Carlos Raffo se está cometiendo un abuso, y se aprecian indicios peligrosos de que los maltratos procesales de que ha sido víctima no corresponden al acto de justicia que se espera. Ojalá nos equivoquemos y al final, los jueces sepan aquilatar que la justicia es una cosa y el linchamiento para satisfacer a la opinión pública son temas radicalmente distintos.
Juan Carlos
Tafur