Más allá de los temas jurídicos referidos al indulto a Fujimori, cabe preguntarnos qué consecuencias políticas podría traer, en beneficio y en perjuicio del gobierno, que finalmente el presidente Humala, guiado por su evidente pragmatismo, pueda llegar a evaluarlo como deseable.
En principio, coincidimos con Jorge Trelles en que a la fecha una decisión de ese tipo volvería a partir el país en dos, como sucedió en la campaña electoral. Y ello, lejos de generar un estado de mayor gobernabilidad, conduciría a lo contrario, a una sociedad enervada. Probablemente ganaría simpatías en el sector que votó por Keiko Fujimori, pero se enajenaría el apoyo, igualmente significativo, de muchos de los que votaron por él.
¿Quizás esté pensando en que hacerlo le aseguraría una mayor solidez parlamentaria, dado que desconfía del apoyo que hoy puede tener de parte del peruposibilismo y adláteres? La actitud de Toledo, sin duda, no genera confianza. No han pasado ni seis meses de mandato y ya el líder chakano ha puesto en tela de juicio su apoyo. Pero la pregunta es si necesita de los votos fujimoristas en el Legislativo para gobernar con tranquilidad.
Y eso tampoco se sostiene. Es verdad que el fujimorismo tiene como bandera principal de lucha el referido indulto, pero al mismo tiempo ha demostrado mayor sapiencia que otras agrupaciones y ha sabido entender que sus votos no pasan por el cumplimiento cabal de ese anhelo. La mejor demostración es lo ocurrido en estos últimos cinco años, en los cuales Alan García gozó del apoyo de la bancada naranja sin que dicha gracia presidencial se concediera.
Si Humala es pragmático, el fujimorismo lo es más aún. Y su sector más pensante sabe que ingresar a una espiral de sabotaje porque no le otorgan el indulto a su líder máximo solo terminaría perjudicándolos a ellos mismos.
Es más, nos atreveríamos a señalar que el indulto a Fujimori, lejos de ser el punto de quiebre de un resurgimiento poderoso del partido, podría, más bien, ser el primer paso para su paulatina desaparición. Alberto Fujimori libre puede ganarle adeptos a Humala, pero para el fujimorismo podría ser su lápida política, ya que perdería el espíritu reivindicatorio y hasta martirológico que explica en gran medida las pasiones que sigue despertando en buena parte de los sectores populares.
Finalmente, ¿le otorgaría, tal vez, esta suerte de alianza Humala-Fujimori una base social que le ayude a resolver el principal problema de gobernabilidad en el presente, como es la conflictividad social? Tampoco parece fundada esta pretensión. Ni siquiera el fujimorismo tiene operadores políticos en las zonas calientes. Por el contrario, quienes allí llevan la voz cantante son líderes de la izquierda radical, de profunda raigambre antifujimorista.
Apelando a su pragmatismo, Humala debería sopesar calmadamente los hechos. Basta eso para que se percate que no necesita jugar con fuego, reñirse con el derecho internacional o enemistarse irreconciliablemente con sectores influyentes, a cambio de un gesto que hasta el momento no tiene sustento válido.
Juan Carlos
Tafur