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Jueves 17 de Mayo del 2012

La Columna del Director | 11-01-2012 | Juan Carlos Tafur

La maldición del Tren Eléctrico

Robert Hughes, el ácido crítico de arte australiano, considera que la perversión actual del arte contemporáneo, su entrega descarada al mundillo comercial, empezó cuando los responsables del Museo del Louvre aprobaron el viaje de la famosa Mona Lisa a los Estados Unidos en la década del 60 y su conversión en ícono de status antes que en obra de arte genial (puede verse en you tube el documental denominado La maldición de la Mona Lisa).

 

Algo semejante le está ocurriendo a la arquitectura, pero en un sentido distinto. Para muchos la construcción del Museo Guggenheim en Bilbao puede ser el inicio de la degradación arquitectónica puesta al servicio de la lógica del poder. Las grandes obras se convierten en íconos, pero no de vanguardias culturales ni mucho menos. Ni siquiera –como en el arte- de la lógica comercial, sino del ego coyuntural de los gobernantes de turno.

 

Como tardío y mal intérprete de esa moda, en los últimos años hemos tenido una pueril demostración de ello con los afanes colosales de Alan García por hacer del cemento y el fierro su impronta para pasar a la historia (de allí su química natural con el exalcalde Luis Castañeda, seguidor, sin duda inconsciente, de similar pensamiento).

 

La racionalidad de las obras, por supuesto, importa poco. Total, a la gente le gusta esa metástasis narcisista del poder. El Teatro Nacional, la horrorosa y plagiada sede del Ministerio de Educación, el Estadio Nacional y, sin duda, el fallido Tren Eléctrico conforman el rosario más ostensible de tamaño despropósito (este último merecedor del “Premio Nobel de Arquitectura”, a decir de nuestro ilustrado exmandatario).

 

Poco importa que con el dinero invertido se haya podido destinar recursos a la cultura, al deporte o a alternativas de transporte infinitamente más necesitadas de dineros públicos que los requeridos para satisfacer el afán de construir íconos de poder (con lo gastado, por ejemplo, en la aún pendiente conclusión del Tren Eléctrico, se pudo haber construido cinco rutas adicionales del Metropolitano).

 

Para colmo, a diferencia de otros lares, la estética también ha pasado a segundo lugar. Por un mecanismo perverso de diseñar los concursos públicos, acá no se separaban las obras de ingeniería de las propuestas arquitectónicas, razón por la cual, armado todo como un combo, una propuesta podía obtener una bajísima calificación en el ítem “arquitectura”, pero salir ganadora porque costaba algunos millones menos en los otros rubros.

 

Y no es desdeñable, por cierto, la presencia de otro ingrediente: la corrupción. Claro, mientras más grande la obra más fácil sobrevaluar y esquilmar los dineros públicos. El incidente de anteayer ocurrido en una estación del tren eléctrico puede ser, en ese sentido, una anécdota menor. Lo relevante es que diferentes entidades habían advertido de los graves problemas pendientes de resolver no solo en materia técnica sino, sobre todo, en la transparencia de los gastos efectuados. En este aspecto García no cambió respecto de su mandato anterior. A falta de empresas públicas de las cuales medrar, las megaobras estuvieron a mano.

 
Juan Carlos
Tafur

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