El pedido de inhabilitación y suspensión de Omar Chehade culminó con un vergonzoso blindaje al exsegundo vicepresidente por parte del oficialismo y Perú Posible. Lo sucedido sienta un precedente nefasto y, por cierto, reduce la tácita alianza de cogobierno a un intercambio si ya no de ministerios, sí de impunidad.
Y en perspectiva, nos lleva a reiterar la necesidad de modificar la legislación electoral. La democracia peruana corre el riesgo de ser crónicamente renga si uno de los principales poderes del Estado se halla sumido en la mediocridad y en el absoluto desprecio al pueblo que supuestamente representa.
La mayoría de los congresistas está allí por culpa de un sistema electoral que propende a que no sean los mejores los que estén presentes sino los que invirtieron más dinero en sus campañas o quienes se beneficiaron del efecto avalancha de la lista presidencial.
Hay que eliminar para las próximas elecciones el voto preferencial –factor que debilita desde sus raíces a los partidos-, colocándole al lado un estricto control de los mecanismos de democracia interna; hay que eliminar el voto obligatorio, permitiendo que la población interesada realmente en la política elija a sus representantes; hay que volver al sistema bicameral, que reinstaure la doble instancia, indispensable, sobre todo, cuando de tomar decisiones calientes se trata.
Hay que establecer el distrito electoral múltiple, y de la mano con ello, establecer algún mecanismo moderado de renovación parcial que castigue a los malos congresistas. El Congreso peruano ha ido de mal en peor sistemáticamente. Desde que regresamos a la democracia en 1980, lejos de ir asentando una representación legislativa cada vez más calificada y políticamente solvente, hemos visto un proceso de deterioro del que solo se salvan algunos parlamentarios a título individual.
La crisis parlamentaria es global, sin duda, pero los rangos de degradación que se aprecian en estos lares escapan a los estándares normales. El Parlamento peruano se asemeja más a un circo que a un ágora. El pueblo soberano no se siente ni expresado ni representado por aquél. Y contribuye al hastío que un porcentaje enorme de la población siente respecto de los mecanismos democráticos en general. Lo de anoche ha sido una muestra ostensible de la orfandad moral del Congreso actual. Y, por cierto, no escapan del manchón ni el presidente Humala ni el líder de PP, Alejandro Toledo.
Ojalá se coloque efectivamente en la agenda parlamentaria la reforma radical del statu quo vigente. De otro modo, más temprano que tarde volverá a surgir el clamor autoritario, y no faltará algún gobernante que ceda a la tentación de recogerlo. La media sonrisa de Chehade, al final de la votación, ha sido la mejor firma de una jornada negra en el local de la Plaza Bolívar.
Juan Carlos
Tafur