Si uno analiza las críticas que desde la izquierda le endosan al gobierno de Humala, más allá de diversas referencias a múltiples temas, halla que la línea común de ataque radica en que el régimen ha decidido mantener, grosso modo, el llamado “modelo económico neoliberal”.
Por cierto, más allá de la equívoca etiqueta, que resulta lamentable que aún subsista, contra toda evidencia empírica, quienes puedan creer sinceramente que hay alguna forma más eficaz de superar el subdesarrollo y la pobreza como no sea a través de ciertas dosis de libre mercado.
La izquierda moderna ha sabido reconocer ello y enfocar sus afanes legítimamente reformistas en la construcción de un Estado neutral, alejado de las presiones mercantilistas de los grupos de poder, o en la construcción de mecanismos de equidad social sobre la base de un aparato estatal moderno y eficaz (que brinde, por ejemplo, oportunidades de salud, educación y seguridad para todos los peruanos).
El orden socioeconómico mercantilista no ha sido aún derrotado. La tarea liberal, en esa perspectiva, sigue siendo una meta por realizar. Esa bandera no es de derecha ni de izquierda. Es más, podría ser la proclama de la izquierda en contra de una derecha peruana cada vez más conservadora, rentista y antiliberal.
¿Mantener un manejo relativamente ortodoxo de las cuentas fiscales es acaso una rendición frente a los dictados de los organismos financieros internacionales? ¿O peor aún, es una traición, que le ha entregado el país a la opción fujimorista derrotada en las elecciones?
¿Felipe Gonzales, líder del PSOE español fue un político que claudicó frente al pasado franquista? ¿La Concertación chilena fue una coalición timorata que sucumbió al corsé pinochetista? Nadie, en su sano juicio, podría aseverar semejante disparate histórico. España y Chile son hoy países modernos justamente porque la mayor parte de su izquierda política entendió que el libre mercado no es una ideología excluyente sino un método eficaz de gobierno económico.
En el Perú, una parte de la izquierda se halla inmersa en esa línea de pensamiento. Desde el poder –el principal antídoto contra la utopía-, Ollanta Humala parece haberlo entendido también. Si la izquierda radical no actuase en base a resentimientos menudos por no ser los anfitriones estelares de la fiesta gubernativa, debería apreciarlo. Y en base a ello reconstruir su discurso y asentar una nueva acción política.
Lamentablemente, si nos guíamos por las opiniones de algunos de sus principales pensadores o portavoces políticos y mediáticos, ha decidido ponerse al margen. Paradójicamente, su infantilismo solo complace a quienes, efectivamente, quieren arrinconar al gobierno en el esquema de la continuidad mercantilista de la derecha. Si eso ocurre, ella misma habrá sido cómplice de dicho desenlace.
Juan Carlos
Tafur