La Columna del Director | 10-02-2012 | Juan Carlos Tafur
Sería una gran noticia para el país que de una vez por todas se capture al “camarada Artemio”, quien opera en el Alto Huallaga, y al “camarada José”, en el VRAE.
No solo por lo que sus acciones implican (en un caso más políticas, y en el otro abiertamente beligerantes y violentas). No tanto por el riesgo que suponen o el daño que ocasionan, que es bastante limitado y esporádico, sino porque permitiría, en primer lugar, abrir los ojos respecto del real peligro al que el Perú se enfrenta en materia de seguridad interna, como es el narcotráfico.
En el mejor de los casos, estos remanentes terroristas actúan de sicarios de los narcos. En el peor, son ellos mismos actores del tráfico de drogas. Teníamos información de que en el caso de Artemio estaba cercado desde hace semanas y negociando su rendición, pero algo pasó que se rompió ese proceso y hoy se ha vuelto al esquema militar (al final, si conduce a su captura, eso no interesa mucho). En el caso de José, no hay resultados efectivos en el afán de derrotarlo militarmente, que es la única salida posible dada su persistencia en la lucha armada contra el Estado.
Con toda seguridad, los narcotraficantes tienen más hombres armados que Artemio y José juntos. Y, además, mucho mejor equipados tecnológica y logísticamente. Ello sin contar su capacidad de penetración, vía la corrupción, de prácticamente todas las esferas del poder (policías, jueces, políticos, etc.). Por cierto, hay que reconocer que algo se ha avanzado en materia de interdicción en este gobierno, pero no es suficiente.
Un segundo beneficio de estas capturas, indirecto pero no por ello menos importante, se asienta en el ámbito del discurso político. Acabar con los grupos terroristas subsistentes sacaría del escenario un discurso antiterrorista promotor de medidas represivas a destajo y del desconocimiento de las instituciones vinculadas a la defensa de los derechos humanos. En suma, de la devaluación del Estado de Derecho.
Artemio y José son el pretexto perfecto para alimentar esta ideología abiertamente reaccionaria, que pretende vendernos el cuento de que el país sigue amenazado desde sus cimientos y que se necesita, en consecuencia, endurecer la mano para combatir la susodicha amenaza.
El afianzamiento de la cultura democrática en el país requiere que este pensamiento excluyente e intolerante desaparezca. Y para ello hace falta arrebatarle las falsas banderas patrióticas a quienes las enarbolan a su antojo para descalificar todo aquello que disiente de lo que sus portavoces consideran el orden establecido.
Juan Carlos
Tafur