El repunte en los niveles de aprobación de la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, es significativo. Subir de 13% a 17% es hacerlo en más de un 30%. Y nos alegramos de ello, sin duda, aunque creemos que va a necesitar crecer aún más para impedir que prospere la iniciativa de revocarla.
La revocatoria es un sinsentido descomunal. Se ha demostrado, con cifras en mano, que se ha hecho obra, y más que lo que hicieron en su primer año de gestión anteriores burgomaestres. Ese argumento se cae por sí solo. Estamos, además, ante un mecanismo dizque democrático, altamente perverso. Socava la estabilidad que deberíamos tratar de darle a nuestras instituciones. La única razón justificable para sacar a una autoridad elegida antes de que culmine su mandato legal es que sea abiertamente corrupta o absolutamente inepta. Y Susana Villarán no es ni lo uno ni lo otro.
Hay un sector, sin embargo, que la quiere revocar no porque esté disconforme con su gestión, sino porque le tiene encono político. Quizás genuinamente cree que bajarse a Villarán del cargo impedirá o hará más difícil que en el futuro cualquier opción de izquierda logre ganar una elección. No se están dando cuenta que están sembrando un virus de zozobra que luego podría ser utilizado también contra cualquier gobernante –sea local, regional o nacional- que goce de sus preferencias.
Defendemos la gestión de Villarán a sabiendas de que remamos en contra de la opinión mayoritaria (un sólido 65% está a favor de la revocatoria), porque creemos, además, que no necesariamente la mayoría tiene la razón. Sin duda, la gestión municipal ha cometido errores –y varios-, pero ninguno irremediable. Se están corrigiendo y ojalá se persevere en esa ruta.
Dicho esto, es menester señalar que Susana Villarán debe mirar esta última encuesta con guantes. Las cifras pueden ser engañosas. Febrero es un mes atípico, donde la gente de a pie está pensando en cualquier cosa menos en política. Marzo es complicado. La población está de malhumor por los gastos escolares y tributarios y vuelca, de hecho, ese malestar contra las autoridades de turno.
Una buena política de comunicaciones y una gestión que subraye las obras concretas y tangibles, debería conducirla a mejorar en las encuestas, pero la tarea es ardua. Si baja la guardia será difícil que escape del torbellino político generado en su contra. Como ya lo hemos señalado antes, depende, sobre todo, de ella misma y de su equipo.
Juan Carlos
Tafur