La Columna del Director | 16-02-2012 | Juan Carlos Tafur
Un día como ayer, hace veinte años, era asesinada salvajemente María Elena Moyano. Este crimen, a pesar del tiempo transcurrido, debería siempre ser recordado por varios motivos.
Se señala con razón que con este crimen quedó más que claro –para los limeños en verdad, porque en el resto del país había vívida conciencia de ello- que Sendero Luminoso no era un movimiento sensible a la mentalidad popular sino, por el contrario, una cruzada delirante, mesiánica, enemiga de todos los peruanos sin distingo de condición social.
SL quería someter a las masas a punta de dinamita y balas. Y para lograrlo, según la psicótica ideología de Abimael Guzmán, había que acabar con las dirigencias populares, sea cual sea su signo político. Moyano tuvo el heroísmo de querer hacerle frente y lo pagó con su vida.
Es importante su recuerdo porque sirve para tener presente que al terrorismo no solo lo combatieron militares o policías sino también civiles, como ella y muchos más, que entendieron el signo maligno que el “pensamiento Gonzalo” contenía y decidieron enfrentarlo con armas rudimentarias en algunas localidades de nuestra sierra o con trabajo político, como en Villa El Salvador o en otras zonas populares en donde Sendero quería construir el “cinturón rojo” para cercar Lima.
Pero la historia no estaría completa si no se le acompaña del contexto penoso en el cual se produjo. Como lo relató en su momento Michel Azcueta, la izquierda la dejó sola. Un día antes de su muerte, ella organizó una Marcha por la Paz, tratando de derrotar la convocatoria a un paro armado que SL había dispuesto, y pidió a los partidos de izquierda que la acompañasen. Por menudencias que la historia no debe olvidar, le dijeron que no, que esa lucha no era la suya. Y hablamos de 1992, el momento de mayor auge del terror.
Esa defección política y moral de buena parte de nuestra izquierda de entonces es referida en el informe de la Comisión de la Verdad, pero no con la dureza que se merece. La izquierda primero negó la existencia de Sendero atribuyendo los atentados a la CIA y a los gobiernos burgueses que querían justificar una represión del pueblo. Luego lo miró de soslayo, tal vez porque muchos de sus líderes veían en Guzmán a alguien que había decidido llevar a la práctica lo que ellos predicaban ideológicamente. Solo cuando pasaron a ser víctimas directas del terrorismo decidieron enfrentarlo. El recuerdo de María Elena Moyano no sirve si no ayuda a establecer responsabilidades históricas que los peruanos debemos tener siempre presentes.
Juan Carlos
Tafur