La chatura intelectual que viene mostrando el candidato Castañeda Lossio, como reacción a su previsible desplome en las encuestas, ha sido pocas veces vista en una campaña electoral. Pinazo y la Reymer son más articulados que el balbuceante ex alcalde de Lima.
Ahora resulta que hay un complot en su contra y, fuera de sus casillas, Castañeda y sus acólitos arremeten contra todo lo que ven al frente: Toledo, la prensa, las encuestadoras, Kuczynski, Humala, etc., etc.
Es un caso severo de negación de la realidad que, además, demuestra la poca entereza de alguien que pretende gobernar el país. Si así es de candidato, cómo sería de Presidente. A la primera crisis se viene abajo.
Quizás el problema sea que se la ha pasado todos estos años gobernando Lima, protegido por el silencio mediático que su padrino, Alan García, le endosó. De ser el pequeño Dios municipal ha pasado a una competencia de igual a igual. Y allí se ve el fuste de los políticos. No en el poder solamente, también en la adversidad. Y, en ese sentido, no ata ni desata.
A este paso, mejor que vuelva a llamar a J.J. Rendón. Al menos había un norte en su estrategia de guerra sucia. Hoy, ni eso. Y el problema es que si uno suma el coeficiente intelectual de sus allegados, con las justas alcanzan un estado borderline.
Ninguna de las múltiples denuncias que han aparecido en su contra son falsas. Todas se basan en informes de Contraloría, documentos, testimonios. Nada es inventado por la supuesta maquinaria de demolición que, en su desesperación, el precario líder de Solidaridad Nacional parece ver en cada esquina.
Resultado de ello, de ser el puntero absoluto en las encuestas –entonces, por supuesto, no las cuestionaba- ha pasado a un tercer lugar que no solo lo aleja de la segunda vuelta sino que amenaza con serle arrebatado por Ollanta Humala.
Y debe saber muy bien que desaparecida el aura de ganador, sus votos se irán en estampida, como ya se le están yendo, sin saber qué hacer. El propio crecimiento de Humala se lo debe a su protector, Alan García, quien con su apoyo lo ha perjudicado sobremanera.
A este paso, pareciera que, en verdad, su postulación a la Presidencia era un intento de huir hacia delante, tratando de lograr un cargo que lo proteja de la avalancha de denuncias de corrupción que ha dejado a su paso por la Municipalidad de Lima. Felizmente, como van las cosas, no alcanzará la impunidad sino que, más temprano que tarde, tendrá que sentarse, no en el sillón presidencial, sino en el banquillo de los acusados. Y la histeria alharaquienta que hoy derrocha, de poco o nada le servirá entonces.
Juan Carlos
Tafur