De los cinco candidatos con posibilidades de pasar a la segunda vuelta, los que más ají y rocoto le están poniendo a sus declaraciones son Toledo, Castañeda y Kuczynski. Dimes, diretes, agravios y golpes bajos van y vienen, sino provenientes de ellos mismos, de sus allegados.
Keiko y Humala hacen esfuerzos, al parecer, por mantenerse al margen de esta guerrilla verbal, bajo la presunción –imaginamos- que ello molestará al electorado y los terminará beneficiando.
La verdad es que no estamos en capacidad de sentenciar respecto de si la situación descrita afectará o beneficiará a sus protagonistas. En teoría, la gente de a pie podría sentir que los candidatos que le entran al juego pierden solvencia y que eso les resta méritos para cosechar votos.
Pero también es factible que, por el contrario, a muchos les agrade ver que sus candidatos no arrugan y que también saben pelear y enfrentar el chavetazo sin remilgos.
Se nos vienen a la memoria dos casos recientes de candidatos de enorme prestigio personal, de pergaminos sobrados, pero que fracasaron ostensiblemente en sus respectivas apuestas electorales: Javier Pérez de Cuéllar y Valentín Paniagua. Su pulcritud electoral no les sirvió de mucho a la hora de atraer el voto ciudadano.
Por cierto, el ataque al adversario es parte esencial de toda campaña electoral, aquí y en Suiza. Está probado que no basta con diseñar una buena estrategia que resalte los méritos propios sino que es necesario demoler al contrincante. Y los límites, en muchos países, no existen. Se rastrea sin rubor en la vida íntima de los candidatos y ello es utilizado como munición efectiva.
El acto ritual del voto tiene misterios insondables que varían en todas las sociedades. En algunos países, la ciudadanía espera que se produzca este carrusel de ataques, lo disfruta y decide en función de ello. En el Perú no somos la excepción. Salvo la época de Montesinos, no se suele trasponer las fronteras de lo personal, pero la dureza de los ataques es parte de nuestra tradición republicana.
En esta elección, quien ha recibido artillería más pesada en cuanto a temas personales ha sido Toledo. A los demás les ha llovido también en ese ámbito, pero más allá de lo adjetivo, nada muy grave. En cuanto a denuncias de peso ha sido Castañeda la víctima, pero en su caso no se ha tratado de insultos sino de denuncias que el ex alcalde no quiere responder.
En las siguientes encuestas veremos cómo responde el electorado. ¿Habrá cambiado el ánimo cívico respecto de elecciones anteriores? No hay forma de saberlo sino ex post facto. Mientras tanto, mal haríamos en llamarnos a escándalo, menos aún los periodistas que, en gran medida, alentamos el ritual de insultos. En el fondo, quizás sea útil saber cómo actúan los candidatos frente al zarandeo, el cual, por más candente que sea, es poca cosa frente a las presiones inmensas que tendrán que manejar si les toca en suerte asumir las riendas del poder.
Juan Carlos
Tafur