Si hace seis meses le hubiesen preguntado a los más reputados analistas de política exterior o de geopolítica, si más allá de los habituales conflictos entre Israel y países vecinos, o los derivados de la ocupación norteamericana de Iraq, la zona del Medio Oriente o la región árabe iba a ser un centro de convulsión política, estamos seguros que la respuesta unánime hubiese sido que no.
Incidentes relativamente menores han terminado, sin embargo, por generar las mayores y más profundas revoluciones en contra de las tiranías de Túnez, Egipto y Libia, y la caída de los mandatarios de los dos primeros países mencionados. Así es la historia. Se puede saber que hay situaciones condicionantes, pero el gatillo puede o no activarse.
Lo mismo se aplica al aún conflictivo triángulo geopolítico conformado por Perú, Bolivia y Chile. Hay, al respecto, no solo heridas abiertas por el modo abusivo y sinvergüenza con que condujeron la guerra y su triunfo posterior nuestros vecinos sureños, sino temas jurídicos pendientes. Y habría que ser muy tonto para no saber que, de hecho, se avecinan tiempos difíciles, de tensión, que podrían descarrilarse hacia escenarios bélicos.
En dos o tres años debe conocerse el fallo del Tribunal de La Haya respecto de la reclamación peruana por la delimitación de la frontera marítima. Y a ello, ya de por sí complejo, se le suma ahora el anuncio boliviano de llevar a foros internacionales su reclamo de que le sea devuelta su salida al mar.
Hoy parece impensable una guerra abierta en el continente. Pero hay hechos que presionan a favor de que tal escenario se produzca. La eventual intemperancia de la derecha chilena respecto de un fallo favorable al Perú, su posible desacato con apoyo exterior, por ejemplo. Y no dudamos que a Estados Unidos le importará poco dicho fallo y su apoyo a Chile se mantendrá, a pesar de que dicho desacato se llegase a producir.
Si en esa coyuntura Bolivia cree que es su momento para sacar partido a favor de su causa, si para entonces sigue Chávez en el poder y cree por conveniente meter sus narices apoyando a Evo Morales (y ya que efectúa ese salto, decide de paso, abrir un frente militar con Colombia), por citar escenarios probables, la paz latinoamericana de los últimos 20 años podría suspenderse abruptamente, cuando menos uno lo piense.
La gran lección es que hay que asumir en serio la reconstrucción de una política de seguridad exterior, la misma que –no cesaremos de señalarlo- Alan García, en muestra de colosal indolencia antipatriótica, simplemente ha dejado en total abandono. Y ya que estamos ad portas de un proceso electoral pensemos también qué candidatos nos ofrecen mayor seguridad de poder manejar una eventual crisis como la señalada.
Juan Carlos
Tafur