Para bien o para mal, casi la mitad de los peruanos que no votaron por los dos candidatos que definirán la segunda vuelta, ya deberían hacerse a la idea de que el país que hemos conocido en los últimos años va a cambiar.
En sus extremos más pesadillescos, como es que Humala ejecute un plan chavista en términos políticos y económicos, o que Keiko desenvaine la espada fujimorista de destrucción de las instituciones democráticas y la aplicación de la fase populista del manejo económico de los 90.
O en sus extremos más benévolos, como es que Humala se acerque efectivamente a la centroderecha liberal -que ya ha expresado su radical distancia del fujimorismo- y consolide un modelo democrático y económicamente centrado, o que Keiko asuma efectivamente la realización de la segunda ola de reformas económicas que su padre desbarató, que deje de lado el ADN autoritario del fujimorismo y acepte que las formas se respetan y no son simples obstáculos que romper a la mala.
Resulta por ello francamente risible que algunos de los candidatos perdedores, ciertos gremios empresariales y algunos medios de comunicación pretendan ser los impulsores de una agenda que los ganadores estén obligados a suscribir. Por supuesto, nos gustaría a todos que ambos candidatos nos diesen ciertas garantías respecto de las zonas grises que albergan, pero esa será decisión de ellos y deberán hacerlo día a día. Pretender crear la figura de pactos firmados –como el propuesto por Kuczynski- o “agendas democráticas” es, por decir lo menos, una insensatez política. Es arar en el desierto de la ingenuidad.
Nos queda claro, además, que por más concesiones, rectificaciones, acuerdos, pactos o guiños que Humala o Fujimori hagan, igual van a llegar el 5 de junio con un importante bolsón ciudadano furibundamente en contra. A la postre, las dudas que ambos generan solo se superarán cuando lleguen al gobierno y den sus primeros pasos en el solar de Pizarro.
En esa medida, reiteramos nuestra convicción de que a nada contribuirá la campaña de demonización que de uno y otro lado ya han emprendido algunos sectores. Por cierto, ni nos asusta ni nos escandaliza. Es inevitable que ocurra. Pero creemos que será absolutamente inocua. Si se trata de desplegar campañas del miedo los dos candidatos tienen flancos débiles que explotar, casi por igual.
Por nuestra parte, insistimos en nuestra creencia de que más útil al país le resultará escudriñar los entresijos de los dos candidatos menos espulgados en la primera vuelta. Y los derrotados, antes que pretender algún protagonismo, lo primero que deberían hacer es tratar de entender el Perú real. Ese Perú ignorado y ocultado por la escandalosa y masiva publicidad estatal del quinquenio aprista y el vergonzoso y cómplice silencio de las principales dirigencias políticas, intelectuales, empresariales, mediáticas y eclesiales del país. En esa tarea, nomás, tienen para largo.
Juan Carlos
Tafur