En la votación recibida por Ollanta Humala y Keiko Fujimori hay un factor común: el pedido y reclamo de la mayoría de los sectores populares por una mayor presencia del Estado.
Humala propone –salvo rectificación posterior, que hasta ahora no ha hecho, más allá de algunos gestos- que participe en la economía, inclusive como agente empresarial. Ello implica un retroceso y de llevarse a cabo frenará el crecimiento. Si lo hace moderadamente no nos conducirá a la parálisis, pero de hecho es una vuelta a esquemas que han demostrado su fracaso y son, de hecho, soluciones menos efectivas que las que produce la inversión privada. Inclusive, en términos redistributivos, el Estado es peor agente que el mercado (cuando éste es libre, obviamente, y no cuando estamos ante un modelo mercantilista como el que nos ha regido sin ambages estos cinco años últimos).
En el caso de Keiko Fujimori, la enorme adhesión popular de la que goza no es por la amnesia del pueblo respecto de los desaguisados cometidos en los 90, sino porque fue en el gobierno de su padre que, en buena parte del territorio nacional, el Estado se hizo presente con obra pública.
Inclusive, la criticada política asistencialista que se le achaca no es extensible a todo el gobierno de su padre. En un comienzo se trabajó seriamente en programas sociales como los de Foncodes o Caminos Rurales –por citar solo dos-, que significaron una revolución social sin precedentes. Eso lo recuerda la gente en las zonas más alejadas del centro económico. En el tramo final de su mandato degeneraron, pero sería mezquino no reconocer el impacto e influencia que ejercieron.
Los gobiernos democráticos de Paniagua, Toledo y García no supieron leer esa realidad y retrajeron el Estado a una función secundaria, olvidando que no es posible ni siquiera una economía de mercado sin un Estado fuerte y eficaz.
Ese modelo, no el de la estabilidad macroeconómica sino el del retiro estatal, es el que ha sido castigado en las urnas. El pueblo lo ha rechazado. Lamentablemente, esa demanda ha terminado siendo recogida por dos opciones con matices autoritarios, pero en el fondo del apoyo popular a ambas no se puede soslayar que dicho factor está presente.
Los seudoliberales tradujeron a la bruta que el libre mercado implicaba que el Estado se convirtiera en una simple mesa de partes. Y las consecuencias las estamos pagando ahora. Ojalá la reacción popular contra dicho error no termine por arrastrar al país al estatismo o al clientelismo. Deseamos sinceramente que el humalismo y el fujimorismo logren entender cuál es el signo de los tiempos y no confundan el mensaje de sus propios electores. De no hacerlo, encaminarán al país al desmadre.