Un sector de la prensa mundial y algunos analistas candorosos creen ver en la muerte de Osama Bin Laden el punto de quiebre de la estrategia invasora de los Estados Unidos en el Oriente Medio. Se deleitan con el sueño de que esa muerte hace justicia al 11 de setiembre y que cabe esperar, en consecuencia, que empiece a restablecerse la normalidad en la región. Es la lectura pueril de quienes creen que la geopolítica norteamericana se decide en Hollywod y no en Washington.
Lo cierto es que, en primer lugar, la amenaza de Al-Qaeda sigue absolutamente vigente. Bin Laden ya no era el líder operativo sino una suerte de referente moral o cuasi religioso. Esta agrupación, por lo demás, no funcionaba bajo los esquemas piramidales habituales de las organizaciones terroristas de procedencia marxista (como era el caso de Sendero Luminoso), sino, como su propio nombre lo indica, como una red.
Al Qaeda, es más, se alimenta de la ocupación norteamericana. Es su combustible para reclutar terroristas y no va a permitir que esta pérdida los suma en la parálisis. Pronto volverá a manifestarse y no porque los aliente un afán de hacer sentir que no están en vías de extinción sino que les interesa seguir alimentando el espíritu halconesco de Washington, el que seguramente se reactivará con creces si vuelve a cometerse un atentado por mínimo que sea.
Pecan aún más de tontos quienes creen que, más allá del pueblo estadounidense, hay alguien en la Casa Blanca que pueda estar pensando en estos momentos que es hora de revisar la estrategia aplicada por Bush en la región. En los tiempos de las Cruzadas se vendía el cuento que se buscaba recuperar las tierras sagradas. En verdad se quería capturar una ruta comercial estratégica. ¿La invasión de Afganistán e Iraq fue una respuesta justa y moral al atentado de las Torres Gemelas? Ni siquiera los periodistas de Fox News se la creen. Es la puesta de la bota militar sobre el punto neurálgico de las reservas energéticas del planeta.
Ni la ocupación de ambos países, ni la amenaza latente a Irán, ni la solución al conflicto palestino-israelita serán parte de la agenda solo porque Bin Laden esté muerto. Obama no es, en términos de política exterior, la civilización frente a la barbarie de Bush. Son lo mismo. Son las dos caras de la misma moneda de un imperio que tiene arraigado en su ADN que la guerra es consustancial para el mantenimiento de su poder económico. Como todos los imperios, el de Estados Unidos no se guía por ideales sino por intereses.
Juan Carlos
Tafur