En términos del “discurso” habitual en una sociedad, el que sobreviene en procesos electorales es altamente significativo porque pone de manifiesto las ansiedades, temores y prejuicios realmente existentes. En estos tiempos suele aparecer el verdadero rostro de un país. Y el que vemos hasta el momento nos indica claramente que estamos bastante lejos de ser una sociedad de ciudadanos, un país moderno.
Los tiempos electorales son el equivalente a lo que en psicoanálisis son los sueños. Por circunstancias neurológicas particulares, en los fenómenos oníricos se rompe el control del Yo, se manifiesta el Inconsciente y aparecen muchos de los contenidos que las personas ocultan en la vigilia. Por eso se les considera la “vía regia” de la clínica, la materia prima deseada de los psicoanalistas.
En sociedades mejor constituidas, el país no se parte en dos por una elección. Lo podrá hacer en términos electorales, pero no en términos psicosociales. En el Perú asistimos cada cinco años a guerras civiles sin armas, donde el sinsabor de una potencial derrota en las urnas se convierte en pánico por una presunta devastación ulterior a ser perpetrada por los ganadores.
Respetamos que efectivamente haya quienes piensen que uno u otro candidato sean la personificación de una alternativa que dañará al país, pero en líneas generales no asistimos a prevenciones o críticas racionales sino al espectáculo desatado de reacciones delirantes, intolerantes, racistas, clasistas, antidemocráticas respecto de la legitimidad de que exista alguien que piense distinto.
No es un fenómeno nuevo, por cierto. En verdad, desde el 90 en adelante, cada elección ha permitido que afloren, casi sin diferencias, los mismos códigos premodernos, reaccionarios y primitivos de buena parte de la sociedad. Y en esa tarea se han embarcado no solo los ciudadanos de a pie sino la mayoría de los llamados líderes de opinión, supuestamente las voces más analíticas y racionales.
Es tal la virulencia que ni siquiera se ve un fenómeno político que, de prosperar, cambiará el país para bien, de modo estructural. Que por las buenas o por las malas, que sea por la exigencia de las circunstancias electorales y no por una vocación original, lo cierto es que también se puede leer la contienda como un escenario en el cual se ve a una izquierda radical que empieza a asumir criterios de mercado y a una derecha autoritaria que hace lo propio con los criterios democráticos. ¿Y eso no es bueno para el país? ¿Significa pecar de pelmazo creer que tales evoluciones pueden llegar a hacerse realidad si cualquiera de los dos gana? No lo creemos. Pensamos, más bien, que la irracionalidad tanática imperante está ocultando un giro político saludable que debe destacarse.
Juan Carlos
Tafur