Supuestamente, las encuestas le sonríen y no reciben la mayor artillería de parte de la prensa, pero algo debe estar pasando al interior del fujimorismo que se está disparando a los pies en los últimos días sin que nadie lo ponga contra la pared o lo arrincone.
Desde los patinazos de sus voceros, hasta la torpeza publicitaria de lanzar seis programas asistenciales en simultáneo (al extremo de que pocos se acuerdan de cuáles son), pasando por la facilidad con la que su candidata presidencial, Keiko Fujimori, ha dejado que su contendor marque la agenda de esta segunda vuelta, estamos ante síntomas que no indican el ánimo triunfal que su prensa ayayera le quiere imprimir.
Mientras Ollanta Humala ha dado muestras de tener capacidad de reacción luego de la primera vuelta, no dejando de sorprender cada semana con alguna iniciativa, Keiko Fujimori aparece reiterativa, pasmada, sin el ímpetu suficiente como para trazar una estrategia propia.
Humala recibe el respaldo de figuras de la talla de Mario Vargas Llosa, Fujimori apuradamente llama a Hernando de Soto para compensar. Ollanta convoca a un grupo de independientes para rearmar su plan de gobierno, Keiko logra citar a uno a dos también, en el mismo sentido. El candidato de Gana Perú realiza un juramento al cual acuden desde intelectuales hasta deportistas. La candidata de Fuerza 2011 arma un mitin al cual lleva a personajes del mundo del deporte y la farándula.
Las encuestas que salgan publicadas hoy quizás confirmen la tendencia última que muestra a Keiko detenida o en ligero descenso, y a Ollanta revirtiendo su caída. Si lo hacen, será, sin duda, en gran parte, por una sorprendente falta de estrategia, revelada por este seguimiento rápido e improvisado de los pasos que da su adversario.
Algunos voceros del propio fujimorismo señalan que éste no ha logrado desprenderse de una suerte de trauma colectivo que lo coloca bajo el mandato de una psicología de “estado sitiado”. El fujimorismo ingresó a ese esquema de actuación y percepción a partir del autogolpe del 92. Bajo ese esquema paranoico y defensivo gobernó. Con ese mismo chip se fue del poder. Y con ese ánimo se ha conducido los años posteriores de persecución judicial. Lo que revelan los tramos finales de esta campaña electoral es que lo que pudo haber sido una estrategia de supervivencia ha devenido en modus vivendi arraigado en la “personalidad fujimorista”.
La suya es una campaña sin alegría, sin mensajes de esperanza, con la mirada puesta atrás, llena de ceños fruncidos, a la defensiva, que nos atosiga de publicidad sosa y fría. Si no fuese porque hay detrás suyo un núcleo duro poblacional al que se ha sumado otro digitado por la campaña del pánico, los graves errores de campaña cometidos ya le habrían pasado la factura de modo significativo y quizás irreversible.
Juan Carlos
Tafur