Que Ollanta Humala y Omar Chehade salgan a decir que hay indicios de que el 5 de junio se va a cometer un fraude en contra de Gana Perú es un despropósito que no puede ser admitido ni siquiera como arma electoral.
Cualquier técnico entendido en la materia puede afirmar que perpetrar un anforazo, es decir, torcer los resultados de la votación a favor de un candidato, es prácticamente imposible. Tendría que haberse confabulado un sorteo amañado de miembros de mesa –que, además, son los mismos de la primera vuelta- y la ausencia de personeros de alguna de las agrupaciones, para que semejante escenario pueda ser factible. Si eso no ocurre, no hay forma de alterar los resultados. Y menos en un volumen tal que logre hacer que el perdedor resulte ganador.
El resultado de las elecciones, según todos los pronósticos va a ser apretadísimo. Por ello, inclusive, hemos advertido que los canales de televisión deberían ser muy prudentes a la hora de soltar los resultados a ‘boca de urna’ (basados en preguntas a los ciudadanos cuando salen de votar) y hemos invocado que subrayen que lo más sensato es esperar a los sondeos denominados de ‘conteo rápido’, que ya se basan en actas reales.
Lo más probable, considerando, además, que el voto del exterior y el voto rural-rural solo lo miden algunas encuestadoras, inclusive en el ‘conteo rápido’, es que el mismo domingo subsista alguna incertidumbre para ambos.
Si la diferencia es de cuatro o cinco puntos, pues entonces no habrá nada que decir. Pero si se cumplen las expectativas de un cierre ajustado, la prudencia será imprescindible si no se quiere generar un estado de zozobra que pueda teñir de violencia el proceso y, lo que es más grave, ensombrecer la futura legitimidad del gobierno entrante.
Si el ala dura del humalismo comete tamaño error habrá cavado, esta vez sí definitivamente, su tumba política. Ni el ‘andahuaylazo’, ni sus planes de gobierno originalmente radicales, pesarían en el futuro tanto como que se le ocurra protagonizar la próxima semana una asonada violenta –con alto riesgo de cobrar vidas en el proceso- desconociendo resultados electorales que le puedan resultar adversos. Humala no merecería, además, una nueva oportunidad, porque habría demostrado que sus mensajes de moderación política solo fueron una operación de maquillaje circunstancial.
Lo correcto en estos momentos es que, salvo que posea pruebas fehacientes que acrediten sus temores –no el correveidile desplegado por Chehade-, Humala se abstenga de poner en duda de antemano el resultado. No le hace bien, además, porque lo coloca en el imaginario popular no como el que se siente ganador y teme que le arrebaten con malas artes el triunfo, sino como alguien que ya intuye que va a perder.
Juan Carlos
Tafur