Usualmente, cuando los economistas quieren señalar la magnitud de la diferencia que nos separa del vecino país de Chile, acuden a las cifras del déficit en inversión en infraestructura. Y señalan que nos hace falta invertir la friolera de US$ 35 mil millones para estar a la par. Eso equivale al íntegro de nuestro Presupuesto Público anual. Algo que, en consecuencia, lograremos equiparar tras largos años de sostenida inversión.
Pues bien –y para lo que diremos más adelante nos basamos en datos que nos han sido alcanzados por Juan José Garrido, economista liberal y director del Instituto Acción-, si nos comparamos usando referencias más modernas de medir la riqueza de los países, la diferencia pone de manifiesto que somos aún una nación que demorará décadas en recuperar el terreno perdido por haber equivocado el rumbo por casi cincuenta años.
Y más que eso, nos dejan en claro que la tarea no la estamos asumiendo como corresponde. La infraestructura es, sin duda, un elemento importante, pero bajo los cánones actuales de medición de la riqueza, nuestro punto de partida es infinitamente peor.
En el documento Where is the Wealth of Nations? (2006, Banco Mundial) se mide la riqueza en tres partes: Capital Natural, Capital producido + tierra y Capital Intangible (capital humano + calidad institucional).
En el rubro tercero, de capital intangible, se evalúa la calidad educativa, sanitaria, seguridad –entre otras- y el funcionamiento efectivo de las instituciones –medible matemáticamente-. Considerando ese factor, Chile alcanza los US$ 56,094 de ingreso per cápita anual; Perú, apenas los US$ 29,908. La diferencia per cápita anual entre un ciudadano peruano y uno chileno es, en este aspecto, de US$ 26,186. Si lo multiplicamos por los 29 millones de peruanos, llegamos a la pasmosa diferencia de…. US$ 759,394'000,000, es decir, 22 veces la brecha en infraestructura.
Con ese telón de fondo se revela la quimera que significa subrayar tan solo la urgente inversión en infraestructura o la disposición de programas sociales que disminuyan la tasa de pobreza monetaria, que es con la que medimos acá cuántos pobres y pobres extremos existen.
La data reseñada alcanza una mayor gravedad cuando se aprecia que ninguna de las candidaturas presidenciales –ni las dos que quedan ni las derrotadas en la primera vuelta- pone especial atención en el problema, ni le otorga el carácter de urgencia que posee. ¿Revolución educativa? Dos o tres párrafos. O ninguno. ¿Salud pública y privada a la altura de nuestro crecimiento macroeconómico? Lo mismo. ¿Reforma del Estado? Generalidades que no permiten otear con claridad el horizonte por donde andarán si llegan al poder. Así estamos, sin siquiera tener los pies puestos en tierra respecto de nuestra crítica realidad y la magnitud del desafío que tenemos al frente.
Juan Carlos
Tafur