La Columna del Director | 11-06-2011 | Juan Carlos Tafur
El final del mandato de Alan García revela claramente cuál es su esencia. El psicoanalista francés Jacques Lacan decía que uno debía hallar a lo largo de su vida su “cifra”. Echado en el diván público del poder, nuestro mandatario actual parece haberla encontrado.
Su afán monumental no requiere casi de mayor sutileza en términos de psicología política. Él se quiere despedir con el Tren Eléctrico, el Estadio Nacional, el Teatro Nacional…, y nuestro chicha “Cristo Corcovado” encima del Morro Solar (las mayúsculas no son casuales).
De su gobierno, recordémoslo, se esperaba no sólo que corrigiese el desastre de su primer paso por el poder. Eso podía ser parte de su agenda personal, pero no era la valla que debía sortear a nivel político.
Lo que correspondía era que la buena herencia recibida luego de las reformas estructurales de los 90 y el crecimiento retomado en el gobierno de Toledo, se transformara en la conversión del éxito económico en éxito social, que la macroeconomía boyante fuese equiparada por la inclusión ciudadana de millones de peruanos que siguen apartados de ella.
Eso implicaba que salieran no sólo de la pobreza monetaria sino que alcanzasen estándares de calidad de vida más cercanos a aquellos de los que gozan las élites. En otras palabras, que las cláusulas básicas del contrato social fuesen aplicables a las mayorías.
Hablamos de cobertura y servicios de salud, de buenos niveles educativos, de seguridad ciudadana, de infraestructura básica, de justicia justa –valga la redundancia-, de ciudadanía plena, en otras palabras. Su reto era que no hubiese peruanos que se sintieran inmigrantes ilegales dentro de su propio país.
Pues de eso poco o nada. Simplemente, no le importó a este gobierno. Nunca estuvo en su agenda. Por eso el triunfo electoral del ‘cuco’ Ollanta Humala. Por eso, los altísimos niveles de conflictos sociales que deja como legado irresuelto.
Ni siquiera califica como el “tercer fujimorismo” su gobierno. Ha sido el segundo odriísmo más bien. Oligárquico en sus políticas y monumental en sus demostraciones.
En su mente poco debe haber pesado el argumento de que con el dinero gastado en el Tren Eléctrico sobraba para resolver el problema del tránsito en la capital, que con el presupuesto de la remodelación del Estadio Nacional se dotaba de infraestructura deportiva a todo el país, que con lo invertido en la construcción del Teatro Nacional, habría bastado para armar una red cultural activa y eficaz en todo el territorio nacional.
Así se le recordará, pues. Como el gerente del gran capital y como el grandilocuente gobernante que nos quiso imponer el espejismo de ser un país grande a punta de cemento y fierro malgastados. El Cristo del Morro Solar, en ese sentido, será el mejor recordatorio de los colosales pasivos que dejó sin solución en el Perú.
Juan Carlos
Tafur