La Columna del Director | 28-06-2011 | Juan Carlos Tafur
Sin duda, detrás de la violencia social hay, en muchos casos, motivaciones políticas digitadas por grupos radicales. También es cierto que en diversas zonas de conflicto hay un manejo perverso de medios de comunicación locales que tergiversan la información y azuzan a la población.
Tampoco nos cabe duda de que la situación de tránsito político en la que nos encontramos se pone de manifiesto por parte de movimientos sociales organizados el intento por marcarle la cancha al próximo gobierno y ajustarlo desde el inicio (esa será, dicho sea de paso, la mayor presión que Humala deberá resistir una vez que asuma el mando, dadas las sobreexpectativas generadas por su triunfo).
Pero no se puede soslayar que la principal razón de la violencia radica en la punible decisión del gobierno de ausentarse olímpicamente y de lavarse las manos respecto de la responsabilidad que le toca, no solo en el manejo del conflicto una vez que se desata sino desde antes.
Hace unos meses, un empresario como José Chlímper llegó a decir que si el gobierno no tomaba cartas en la solución de una huelga portuaria que amenazaba con tirar por la borda millones de soles comprometidos en embarques al exterior, él estaba presto a desenfundar sus revólveres, demostrando la legítima desesperación que puede producir la parsimonia estatal para actuar como le corresponde.
Podemos entender que algo semejante sientan miles de pobladores pobres de todo el país cuando ven que sus reclamos caen en saco roto y que pasan los meses y hasta años, y son sistemáticamente burlados por las autoridades competentes.
Y casi todos los conflictos que han desembocado en actos violentos muestran en su itinerario la escandalosa inacción del Estado. Desde su prevención hasta su control una vez que se desatan y se salen del cauce legal. Ya se ha vuelto una costumbre nefasta que el gobierno solo decida intervenir cuando hay carreteras bloqueadas, rehenes o muertes. Lo cual, además, ocurre cuando ya las posturas iniciales se han radicalizado y la intemperancia es difícil de vencer.
El Estado claudicante que hemos visto desplegado en estas semanas, desesperado por dar marcha atrás en todo, simplemente por el afán de sacar de las portadas la cobertura de los hechos de violencia, no es un resultado inevitable, dada la presunta irracionalidad de los que protestan. La claudicación vergonzosa es el desenlace natural de dejar que los conflictos crezcan día a día sin atender las demandas con la seriedad que se merecen.
En los casos que comentamos, la estupidez e ignorancia no radican, pues, en los aymaras, los quechuas, los chankas o demás categorías étnicas tan tontamente esgrimidas en estos días. Ellas radican, más bien, en la entraña de un gobierno que llega a su final demostrando que la mediocridad exhibida para manejar el Estado ha sido una constante, solo disimulada estos cinco años por el silencio crítico de la mayoría de medios de comunicación.
Juan Carlos
Tafur