La salida de Rosa María Palacios del programa Prensa Libre que conducía en América Televisión no posee ninguna racionalidad periodística. Su programa era exitoso tanto en audiencia como en niveles de credibilidad. En los años que ha estado al frente del mismo, Palacios no solo ha demostrado una independencia ejemplar sino, lo que es más importante, una seriedad envidiable y un respeto a la ética profesional fuera de toda discusión.
Las razones de su salida son políticas, no periodísticas. Y van más allá de simples desavenencias entre una eventual postura de la conductora con aquella que el grupo El Comercio decidió adoptar a favor de Keiko Fujimori.
Huele terriblemente mal lo sucedido. Apunta a la creación de una cofradía cuasi mafiosa de poderes fácticos que se cree capaz de hacer lo que se le antoje en el país. Y a dicha cofradía parece sumarse, lamentablemente, el principal grupo periodístico del país y, por cierto, algunos satélites menos importantes aunque más achorados.
El despido de Rosa María Palacios es un indicio de lo que se viene. Entre algunos grupos empresariales ultraconservadores, operadores políticos (como Alan García o Jorge del Castillo, a quienes muchos medios les deben millones de dólares de utilidades estos años, y un sector del ala dura fujimorista) y sabe Dios qué otras fuerzas oscuras, han decidido que el triunfo de Ollanta Humala debe quedarse en el papel y que se le debe impedir, como sea, que gobierne con tranquilidad.
Se prepara un sabotaje mediático con el puñal entre los dientes. Con caja suficiente para afrontar una labor de oposición servil a intereses subalternos. Viril no es, en este caso, el horizonte opositor. No es oposición, es conspiración. Y comienza a forjarse desde la prensa que ha servido de alfombra celebratoria del régimen de García, que se sumó fervorosa a la candidatura de Keiko, y que no está dispuesta a tolerar la “afrenta” de estar fuera de los círculos del poder los años venideros.
Ya se aprecia en las portadas de los diarios aprofujimoristas, que no han cesado en su campaña de desinformación y de propaganda adversa. Ahora le toca el turno a la televisión, a su canal más importante y al programa político más influyente del mismo.
La guerra contra Humala será a muerte, sin cuartel. Se preparan las municiones. Y sus insumos antidemocráticos están allí, prestos, en los sillones de algunos directorios y, queda claro, en la barra brava de periodistas a destajo, que hoy mismo deben estar que salivan pensando en ocupar los puestos de profesionales que irán siendo expulsados uno tras otro por su defensa de la independencia periodística.
No es solo el buen gobierno de Humala el que está en juego. Es la democracia y con ella la libertad de prensa. En la larga cadena de bajezas que veremos estos años, los primeros eslabones ya se están forjando. Lo ocurrido ayer contra Rosa María Palacios forma parte de esa arquitectura antidemocrática.
Humala debe estar advertido, pero sobre todo la mayoría del país. Ella debe estar lista para defender la voluntad popular en contra del poder económico y mediático que pretende decidir qué se puede hacer o decir y qué no en el Perú.
Juan Carlos
Tafur