Ojalá que a Ollanta Humala le sirva el escándalo suscitado por la torpe, sospechosa e inconducente visita “no oficial” –según reza el también torpe comunicado de Gana Perú sobre las gestiones realizadas por su hermano Alexis en Rusia- para calibrar el ánimo que la ciudadanía tiene respecto de cualquier atisbo de corrupción.
Por supuesto, no nos atreveríamos a calificar de antemano la susodicha visita como el primer faenón humalista, como algunos medios fujimoristas la han calificado, porque el hecho ha sido tan público y notorio que no goza de la clandestinidad con la que suelen perpetrarse los chanchullos colosales.
Pero no por ello deja de merecer una severa llamada de atención respecto del modo como se manejan los asuntos públicos. No hay racionalidad alguna en que el hermano de un presidente electo vaya a visitar a ninguna empresa a ofrecer sus buenos oficios para la concreción de algún proyecto. Y que haya sido invitado, como ha trascendido, no constituye atenuante alguno. Es más, aún si no hubiese sido su familiar sino cualquier otro allegado al gobierno entrante el que hubiese acudido el tema igual habría merecido ser denunciado como corresponde.
Ya de por sí, en nuestro país se ha hecho tradición que los inversionistas sientan como una necesidad visitar a diversas autoridades políticas para hacer negocios. Eso no ocurre así nomás en otros lares. Un inversionista ve oportunidades, envía emisarios calificados, contrata consultorías y allana el camino de cualquier duda que pudiera existir. Y punto.
Ni visitan a los Presidentes –tipo Canaán con García- ni hacen antesala con lobbistas para lograr sus propósitos. Menos aún, si estamos ante un proceso supuestamente guiado por cálculos económicos de inversión y no ante la búsqueda de beneficios bajo la mesa.
Ollanta Humala debe cortar de un solo tajo este tipo de inconductas que inevitablemente dañan la imagen suya y de su próximo gobierno. Por lo pronto, debe quedar más que claro que Alexis Humala tendrá que ganarse el pan estos cinco años venideros con la suya.
Humala debe ser consciente de que se enfrenta a un país aún crispado y cargado de animadversión, que estará más atento de lo normal a lo que haga o deje de hacer. En ese sentido, no solo los inversionistas necesitan una sobredosis de confianza. Mucho más el ciudadano de a pie, especialmente aquel que votó por él con la aspiración de que si algo en particular debe cambiar en el Perú es la inmensa y expandida telaraña de corrupción existente en casi todos los ámbitos de acción estatal.
Juan Carlos
Tafur