Tengo una sospecha negra que me avergüenza y divierte confesar en estos días de tanta patriótica estridencia: creo que no amo al Perú. Por lo menos no a la manera convencional, ni con la cívica intensidad ni el apego nacionalista que –se supone– debería exudar un ciudadano consciente.
Sospecho que no amo al Perú, primero, porque nunca canto el himno. Ni antes de los partidos de la selección, ni durante las ceremonias políticas que eventualmente cubro, ni en ninguna otra pomposa circunstancia. No sé, no me gusta, no me nace, no se me ha inflado el pecho de orgullo cada vez que, acicateado por algún individuo patriota, he intentado entonar esas lastimeras estrofas que subrayan nuestra esclavitud en su afán por expiarla. No siento que por cantar el himno mi endeble peruanidad adquiera los bríos de que adolece. Si se trata de emblematizar alguna música, en todo caso prefiero pensar en ese cancionero de valses y boleros que se grita de alma en bares y peñas, con la voz desgarrada y la piel de gallina. Cualquiera de esas canciones –que sintetizan nuestras grandes pasiones y compilan nuestros pequeños melodramas– quedaría más auténtica como himno nacional.
También sospecho que no amo al Perú porque me da flojera subir al techo de mi casa a poner la bandera, o porque nunca he comprado, ni bordado, ni lucido, ni deseado portar una escarapela; o porque no sabría precisar si la vicuña que aparece en el escudo (¿es vicuña, llama, o alpaca?) tiene la cabeza girada hacia la derecha o la izquierda. Pero, sobre todo, dudo de mi amor por el Perú porque, en el caso de que estallase una guerra externa, jamás tendría el coraje ni la voluntad de enrolarme al Ejército. Si no sé disparar ni una pistola de agua, y si carezco probadamente de todos los matices del arrojo, ¿no se perjudicaría el país colocando un soldado tan despistado en alguna trinchera? Sería darle una innecesaria ventaja al enemigo, sería una baja segura. ¿Y todo para qué? ¿Para que mi nombre termine bautizando una calle, un jirón, o, en el mejor de los casos, un parque en cuyo centro habrá una virgen atrapada en una urna? No, gracias, paso.
A diferencia de mis antepasados –que le tenían al Perú un respeto soberbio, innegociable, a prueba de balas–, a mí el Perú me confunde. Cuando he pasado mucho tiempo fuera de él, admito haberlo extrañado. Aunque, en rigor, lo que he extrañado ha sido mi casa, mi cama, mi familia, mis amigos, mis costumbres, mis lugares y comidas favoritos. No he extrañado ni las cumbres nevadas, ni las risueñas playas, ni ningún otro accidente geográfico. No he añorado volver a ver al cóndor, ni al gallito de las rocas, menos al perro calato. He extrañado la microporción del Perú en que subsisto todos los días, y esa seguridad me ha llevado a plantear una cuestión central: mi país no es la extensión geográfica que aparece en el Atlas limitando con Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Bolivia, sino el cúmulo de mis lazos y experiencias en este territorio. Hacia todo lo demás (la historia, el pasado milenario, la riqueza cultural y los millones de compatriotas) siento una leve sensación de pertenencia, de ubicuidad, de simpática cercanía. Solo eso.
No me siento más peruano en 28 de julio, del mismo modo en que tampoco quiero más a mi mamá el segundo domingo de mayo. Si de algo me sirven las fiestas patrias, por lo que veo, es de pretexto para ensayar ejercicios absolutamente improductivos como este: poner mi patriotismo en entredicho, y no saber exactamente para qué.
Renato
Cisneros