Al político peruano le cuesta seis meses entusiasmar a la galería, pero le basta un par de tardes para decepcionarla. Estaba claro que la última campaña electoral era, fundamentalmente, un baile de mascaradas que tenía por finalidad engatusar al votante para que optara por una determinada coreografía. Por eso había que acercarse a la pista con precaución, con suspicacia, aunque sin perder el entusiasmo ni el talante fiestero. Total, éramos nosotros y no los candidatos el alma de esa promocionada Hora Loca de la Democracia.
En pos de alcanzar nuestra preferencia, el humalismo apostó por la moderación de su discurso; el fujimorismo, por la renovación de su partido; y el peruposibilismo, por la experiencia de su gestión. (Por hablar únicamente de tres de los varios ‘ismos’ que colisionaron durante aquella contienda de ingrata recordación). Es cierto, buena parte de la ciudadanía sabía que todo ese show tenía un recutectu medio farsesco, pero –sensibles como somos a la politiquería de a sol, y tan legendariamente dados a la práctica de la credulidad–, nos gustaba darles bola a los candidatos. Después de todo, no se podía ser tan negativo, ni oscurantista. Si hasta Alan había cambiado, tanto que alcanzó el dudoso mérito de no repetir el zafarrancho del 85–90, qué de malo habría en depositar nuestra confianza en Humala, Keiko o Choledo reloaded en preclaros exponentes de la nueva manera de hacer política en el Perú.
El asunto es que a todas esas corrientes políticas les ha bastado las fiestas patrias para quitarse, muy coordinadamente, el colorido pero elefantiásico antifaz que llevaban encima. No ha habido ni moderación, ni renovación, ni experiencia. Los nacionalistas, por ejemplo, si ya habían soplado tanto en favor de la cosa concertada; si habían pulido hasta cinco veces su tratado de La Gran Transformación para conciliar un mínimo texto de relativa unanimidad; si se habían fotografiado y sentado a conversar con todos los líderes de todos los movimientos de todos los sectores del país; es decir, si se habían esmerado en construir una propuesta algo seria, ¿venía a cuento desmontarla con una juramentación coral que, siendo válida y legítima, era sobre todo provocadora e inoportuna? ¿No era más astuto reivindicar la Constitución del 79, palmo a palmo, lentamente, en la gestión de todos los días para probar, precisamente, las bondades de su espíritu? ¿No ha sido más torpe gritarla así, como si fuera, no una Carta Magna, sino una mentada de madre?
De otro lado, el Neo–Fujimorismo, que supuestamente ya había abandonado el tono fosforito de los 90; que quería desmarcarse de todo signo de autoritarismo para lavarse la cara en el agua tibia de la ponderación democrática, soltó a sus más temidas pitbulls para que se colgasen de la yugular del nuevo presidente incitando la respuesta no menos arrabalera del oficialismo, con lo cual ya la pomposa ceremonia de cambio de mando, con sus invitados internacionales, quedó convertida en un guión perfectamente adaptable para que Betito Aguilar le suministre algo de carne a su alicaído Al fondo hay sitio.
No menos decepcionante ha sido, desde luego, el proceder de Perú Posible con la expulsión de Carlos Bruce, que es, si no me equivoco, uno de los dos dirigentes que más seriedad le daban a la chakana (ustedes elijan al otro, que claramente no es Toledo). Eso de sacarle hepática tarjeta roja al que discrepa públicamente con la plana mayor no se ve muy juicioso. O sea, si el Apra aplicara disciplina con los conceptos de PP hace rato que el local de Alfonso Ugarte sería una funeraria (ok, parece, pero todavía no lo es).
Con la mascarada concluida, con las viejas cartas puestas otra vez sobre la mesa, sean bienvenidos al divertidísimo after party de cinco años que nos espera. Que nadie se queje de discriminación: para bien o para mal, todos hemos sido invitados. Eso sí, no estaría demás identificar la ubicación de las puertas de emergencia.
Renato
Cisneros