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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 13-08-2011 | Renato Cisneros

TRANSPARENCIA, NO ARROGANCIA.

Los periodistas y los políticos no deben ser amigos. Su relación tiene que ser áspera, incómoda, acaso hostil. Ni cordial, ni familiar. Eso no implica, desde luego, que ambos se traten con forzado respeto (en algunos casos hasta con cierta sobreactuada simpatía), pero sin olvidar que en el escenario cotidiano ocupan franjas claramente contrarias. Podrían ser enemigos, pero jamás aliados. Unos actúan en público y privado, los otros vigilan esa actuación con desconfiada lupa. O al menos así debería ser.

 

El meollo del asunto –un detalle que a menudo se mira de soslayo– es que los políticos (pienso ahora en el presidente, los congresistas, no tanto en los ministros, que son designados) ocupan sus cargos porque la ciudadanía decidió que fuera así. Ergo, la naturaleza de su función los obliga –una obligación que, siendo moral, debiera ser constitucional– a mantenerse comunicados, a ser dialogantes, a informar y rendirle cuentas a la población que los votó. Pero no cuando ellos lo juzguen oportuno, sino cada vez que la población lo requiera y lo reclame. Votar es confiarle el poder por cinco años a un grupo de gente que está a nuestro servicio, que cobra nuestro dinero, y que tiene la misión de gobernar, no a su antojo, sino interpretando la voluntad de la mayoría.

 

“Tengo que trabajar para ustedes, ustedes son mis jefes”, decía Ollanta Humala hace solo un par de meses, luego de conocerse el triunfo electoral de Gana Perú. El mejor favor que podría hacerse el nuevo presidente es honrar aquella promesa evitando esas oleadas de silencio que, al ser tan prolongadas en coyunturas tan críticas, dejan de ser parte de un ‘tipo de conducción’ y se convierten en grave indicio de una precoz falta de seguridad para manejar el país. No queremos, está claro, un líder parlanchín que, a la usanza de García, cobre exceso de protagonismo y vaya de aquí para allá opinando de todo. No queremos un megalómano envanecido consigo mismo, pero sí necesitamos un Jefe de Estado con opinión, con voz, con carácter. Un presidente al que la banda no le ajuste, pero que tampoco le quede grande. Un presidente que anuncie –no por Twitter, sino en señal abierta; no a través de su primer ministro, sino en vivo y en directo– qué soluciones tiene para los temas más inquietantes. (Por ejemplo, me parece una pésima señal que a estas alturas –siendo mediodía del jueves 12 de agosto–, Ollanta Humala no se haya referido con claridad a la evolución judicial del caso de su hermano Antauro, a quien prometió no beneficiar durante la campaña electoral, cuando la prensa le resultaba tan útil).

 

Y así como preocupa la falta de reacción del mandatario para acallar rumores y zanjar polémicas, sorprende la mano dura (o pata en alto) que busca imponer Daniel Abugattás en el Congreso, sobre todo en lo tocante a la relación con la prensa. Ahora se nos comunica a los periodistas que seremos evaluados antes de cubrir las actividades parlamentarias; que se reducirá el número de reporteros asignados por cada medio de comunicación, y que solo podremos recoger declaraciones del titular del Legislativo cuando a este se le ocurra que es necesario brindarlas. Justo ahora que hay más representantes (casi escribo ‘otorongos’), justo ahora que hay obvia tensión por la repartición de los grupos de trabajo y por las reformas constitucionales que podrían proponerse en el corto plazo, justo ahora, quieren que haya menos vigilancia, menos fiscalización, menos preguntas a la salida.

 

Lo que Humala y Abugattás no parecen estar considerando es que la autoridad no se impone, sino que se gana. Y se gana con transparencia y apertura, no con arrogancia y secretismo. No ha pasado un mes desde el 28 de julio. Las autoridades tienen sobrado tiempo para corregir estos ‘problemitas’ de ‘estilo’. Ojalá que no se tarden mucho.

 
Renato
Cisneros

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