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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 20-08-2011 | Renato Cisneros

LA GUERRA INTERMINABLE

Que Ollanta Humala se haya colocado en la primera fila de la lucha contra la delincuencia es una señal muy importante. Lo que el presidente quiere decirnos, si no interpreto mal, es que será él quien lleve las riendas de este enfrentamiento, y será él, a la larga, el primer responsable del éxito o fracaso de esta cruzada que hoy –a raíz de algunos casos terribles, como los de las niñas Romina Cornejo y Adriana Reggiardo– parece contar por fin con el respaldo unánime de todos los sectores.

 

Si al cabo de cinco años no vemos avance alguno, y seguimos siendo un país amedrentado, sometido por la criminalidad, entonces habrá que reprochárselo principalmente a Humala, no solo a quienes eventualmente puedan sentarse en el despacho del Interior. Del mismo modo, si el Consejo Nacional por la Seguridad Ciudadana logra frenar –no en seco, pero sí gradualmente– la ola de asaltos, secuestros y muertes que tanto nos agobia, devolviéndole al país la paz que ya no tiene, habrá que reconocerle ese mérito.

 

El gobierno de Alberto Fujimori fue básicamente nefasto por cómo se viralizó la corrupción al interior del régimen. Sin embargo, en el capítulo de la lucha antiterrorista no se puede negar que el hoy justamente recluido expresidente asumió esa pelea con un liderazgo que Fernando Belaunde y Alan García prefirieron ceder a sus jefes de la Fuerza Armada. Claro, luego el liderazgo de Fujimori degeneró en una cadena de oscuras órdenes que suscitaron los hechos condenables que todos ya conocemos y que lo tienen en prisión, pero al menos, al inicio, Fujimori se ubicó –como ahora hace Ollanta– no a un lado del problema, sino frente a él.

 

Estamos cansados de que las autoridades nos adviertan que la lucha contra la delincuencia es un asunto “de muchas aristas” y que “jamás podrá resolverse en el corto plazo”. Está bien. Captamos perfectamente que se trata de una lacra difícil de extirpar porque está vinculada a la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, la marginación. Sin embargo, ninguna autoridad parece estar en capacidad de decirle al país qué plazo es el necesario –no para desterrar la violencia, porque esa no se extingue– pero sí, al menos, para desmembrar las organizaciones criminales de ‘marcas’, secuestradores, sicarios y todas esas mafias que, armadas hasta los dientes, imponen su ley de miedo en Lima y el interior. ¿Hacen falta cinco años? ¿Quizá diez? ¿Veinte? ¿Es acaso imposible calcularlo?

 

Así como el presidente les exige a las FF.AA. resultados puntuales en la guerra contra el narcotráfico allá en el VRAE; así como emplaza a jueces y congresistas para que actúen con mayor drasticidad en sus ámbitos; pues también sería saludable que él pueda decirnos qué metas con nombre propio espera alcanzar en esta prioritaria guerra diaria contra quienes nos roban, humillan, perturban y matan. Y, sobre todo, cuánto dinero va a destinar para que se consigan.

 

Si Ollanta Humala no hace continuas precisiones, todo lo planteado el pasado jueves 18 será inútil pirotecnia para los medios de comunicación, alivio coyuntural para la oposición, y arenga populista para la gente. O sea, un bonito liderazgo de mentira. Eso ya lo tuvimos. Y terminó mal.

 
Renato
Cisneros

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