No le creo a Alejandro Toledo cuando dice que Eliane Karp no tendrá injerencia en un teórico segundo gobierno suyo, pues lo más probable –conociendo el carácter retrechero de la Karp– es que quien no tenga injerencia en un segundo mandato de Toledo sea el propio Toledo.
No le creo a Jorge del Castillo cuando asegura que son los voceros de Perú Posible quienes achatan el nivel del debate político, porque enseguida sus compañeros apristas José Vargas, Mauricio Mulder y Aurelio Pastor salen a propagar toda una pirotecnia de frases ignominiosas en contra del ex presidente, haciéndole flaco favor a la polémica alturada que Del Castillo demanda.
No le creo al economista Daniel Córdova cuando reta pomposamente en televisión a Juan Carlos Eguren a debatir, al interior del PPC, para definir cuál de los dos será el líder de la plancha que presentará el partido en las próximas elecciones. Es divertido Córdova: lanza el reto con una gravedad y una aflicción democrática inverosímiles. Como si el PPC pudiera, por sí solo, ser animador de unos comicios presidenciales. En el fondo, es un lío de Pitufos. Es como si Pitufo Vanidoso retara a Pitufo Dormilón a pelear para ver cuál de los dos se trompea luego con el oscuro Gargamel.
No le creo al Ministerio de Transportes cuando promete duras sanciones a los peatones que cometan infracciones, pero no impulsa, en simultáneo, la urgente campaña de civismo vial que hace falta en los colegios. La multa castiga, pero no educa. El auténtico problema del tránsito no está en el peatón adulto que atraviesa la avenida toreando autos, sino en el niño que ese peatón alguna vez fue y que jamás recibió lecciones utilitarias, serias, para diferenciar la educación vial del deporte de aventura.
No le creo a Carlos Cacho cuando afirma que él y Humberto Yzarra, el hombre que atropelló, se están haciendo amigos, pues a continuación Yzarra –desde la clínica en la que está postrado– desmiente tal amistad y le exige públicamente al maquillador que no maquille las cosas y que, sobre el pucho, pague todas las atenciones médicas que le debe.
No les creo, por último, a los periodistas deportivos que, tras el sorteo de la Copa América 2011, opinaron que la serie de Perú es el “Grupo de la Muerte”. Son ligeros porque no cumplen con recordarle al público que –de acuerdo con la tabla de posiciones de la última Eliminatoria– la nuestra es la selección más deficiente de la región. Ergo, cualquier combinación de países que nos hubiese tocado en suerte implicaría exactamente el mismo nivel de riesgo. En materia de fútbol, digamos que Sudamérica es, para el Perú, su verdadero Grupo de la Muerte.
Renato
Cisneros