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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 27-08-2011 | Renato Cisneros

CHICOS DE SU TIEMPO Y DE SU BARRIO

Tener barrio es tener vínculos. Es conectar con la gente que vive a tu alrededor. Es involucrarse. O, por lo menos, tener la posibilidad de hacerlo. Cuando de chico vivía en Miraflores, en La Paz, la experiencia del barrio se sostenía en el interés mancomunado de todos a favor de todos. Si había una fiesta, una celebración, un embargo, una mudanza, un accidente, una pelea, un asalto, una muerte, una premiación, un éxito o una tragedia, en cualquier caso, la información se propagaba veloz como una epidemia. Esa divulgación venía acompañada de un espíritu solidario –muy pocas veces invasivo– que permitía a los vecinos identificarse entre sí, protegerse, ponerse en el lugar del otro. Es cierto: también había laberintos y peleas, pero incluso esa bulla era cálida y doméstica. En La Paz, las familias tenían plenamente demarcada la escenografía de su cotidianidad: el parque Melitón Porras, el Parque Salazar, la Iglesia de Fátima, la bajada de Armendáriz, la bodega de la China Rosa, el malecón, el Faro, la Vía Expresa, el límite con San Fernando. No había celular, sin embargo era fácil intuir el paradero de cada quien. Era un lugar seguro, no por tratarse de una zona residencial, sino por la confianza que se extendía a lo largo de las cuadras.

 

Cuando no montábamos bicicleta, hartos de los siete canales de la televisión, mis amigos y yo nos repantigábamos en una esquina a conversar, a contrastar las cosas que oíamos en la casa y aprendíamos en el colegio. Hablar era nuestra forma más natural de convivir. Y al hablar de lo que nos preocupaba, daba miedo, o lo que inquietaba a nuestros padres, sin saberlo, poníamos en ejercicio un valor que entonces ignorábamos que se llamaba así: Ciudadanía. Éramos mejores ciudadanos porque conocíamos, o pretendíamos conocer, el mundo que nos rodeaba.

 

Luego, malhaya, llegó el progreso, la globalización, la inseguridad brutal, los cambios demográficos y Lima se convirtió en una enrejada ciudadela vertical. Se multiplicaron las construcciones multifamiliares, la tradición del barrio entró en proceso de extinción, y la convivencia –antes humana, viva, reconocible– decayó hasta convertirse en un tejido anónimo. (Si alguien me dijera, por ejemplo, que los vecinos de mi actual edificio son todos fantasmas o espectros, le creería).

 

Comento esto porque ayer viernes fui invitado por la Municipalidad de Miraflores a participar de la inauguración de la Red de Jóvenes Blogueros del distrito. Tan espléndido proyecto busca que adolescentes de catorce y quince años –nativos digitales, muchos de los cuales han crecido en departamentos de 100 metros cuadrados– administren bitácoras para hablar de sus temas: aquello que les preocupa, les asusta, los motiva, les interesa. No se trata de dotarlos de un blog por la simple monería que ello podría suponer. Se trata más bien de animarlos a que reproduzcan en el blog esas ideas, opiniones, sentimientos, esa intimidad que no encuentra eco en el hogar ni en la escuela, y que está casi condenada a disolverse en el silencio de los días.

 

Ahora que la calle parece un espacio negado, y el barrio una figura mítica para muchos de estos chicos, una red de esta naturaleza –auspiciada por un ente potente como el Municipio– podría convertirse en el vecindario virtual ideal para practicar eso que tanto falta: ciudadanía. El progreso, siendo buenos en millones de aspectos, trajo consigo egoísmo, intolerancia, frialdad, distancia, incapacidad de diálogo. Que los más jóvenes ocupen su tiempo en Internet para escribir, esperando hacer contacto con alguien como ellos al otro lado de la pantalla, es una magnífica manera de romper su aislamiento, recuperar algo de la extraviada sintonía barrial, y edificar liderazgos a futuro.

 
Renato
Cisneros

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