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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 03-09-2011 | Renato Cisneros

Periodismo negro

La otra tarde tuve una arcada moral. Me ocurrió mientras desarrollábamos en RPP la que debe haber sido la noticia más horrenda de la semana: el salvaje e imperdonable abuso de un niño de 8 años a manos de su propio padre, un sujeto oscuro, sin alma, que –además de violentar sexualmente a su hijo– intentó matarlo para que no lo denunciara con la madre. Es increíble: incluso contada así, con la mayor asepsia posible, sin entrar en detalles, la información ya es escalofriante.

 

Sin embargo, no contentos con eso, todos los medios –aquí ninguno se salvó–, sedientos de un morbo repugnante y haciendo gala de una minuciosidad digna de mejor causa, documentaron el hecho con truculentas precisiones que, en lugar de proteger a la pequeña víctima, acabaron agrediéndola todavía más.

 

Como bien nos resondró al aire una representante del Ministerio de la Mujer, la sola mención del nombre del ‘padre’ abusivo, hace visible al niño ante su entorno más cercano: su vecindario, su colegio, su familia. Ni qué decir, entonces, de la macabra descripción con que los noticieros complementaron su informe. Los de la madrugada, los de la tarde, los de la noche.

 

Es verdad, a todos nos duele, indigna, mortifica y preocupa que los niños en este país estén expuestos a cualquier clase de violencia. Pero hacemos muy poco por ellos cuando –por jugar a la crónica roja– narramos de modo explícito la desgracia que les sucedió. Cuando hay niños de por medio, los periodistas tendríamos que establecer límites y aprender a callarnos. ¿Por qué reproducimos todo el parte médico que proporciona un doctor que ha examinado a una niña ultrajada? ¿Por qué publicamos la fotografía de una niña que está en cuidados intensivos luego de ser abaleada por un delincuente? Igual: ¿Por qué participamos del regodeo público contándole a la gente cómo fue que un padre quiso matar a su hijo? ¿No basta simplemente con decir que quiso matarlo? ¿Acaso eso nomás ya no constituye un escándalo? ¿Eso no nos apabulla lo suficiente? ¿Tenemos realmente que explicar cómo, cuándo, a qué hora, cuántas veces y por dónde? Me parece que eso es infame, abyecto, asqueroso. Eso ni siquiera es periodismo amarillo, sino negro. Nuestro derecho a informar en ningún caso puede doblegar el derecho de un menor de edad que ha sido afectado a preservar su anonimato, su honor, su escasísima tranquilidad. ¿Con qué cuajo pones una moneda para ayudar a un niño de la Teletón si después cuentas o reportas, con inexplicable avidez, los pormenores de un acto que perjudica a otro?

 

El tema de fondo en este caso, el que en serio debería inquietarnos, tiene que ver menos con el abuso y más con su contexto. ¿Por qué, por ejemplo, una madre permite que su esposo someta a su hijo? ¿Por qué, luego de conocerse el hecho, siquiera considera la posibilidad de retomar la relación con el monstruo? ¿Es posible estar psicológicamente tan dañada? ¿Por qué las autoridades no aplican las leyes con suficiente rigor para persuadir e identificar a otros criminales? ¿Por qué el Estado no protege más a sus niños? ¿Por qué aquí difícilmente ocurriría lo que sucedió el martes pasado en Estocolmo, Suecia, donde la policía denunció, arrestó y detuvo a un ciudadano que le propinó una bofetada a su hijo de doce años en la vía pública por tener una rabieta?

 

Lo que le ha ocurrido a ese niño de 8 años es espantoso, inadmisible. Debe haber miles de casos similares en el país, repartidos en todos los sectores sociales. Le toca a la ciudadanía denunciarlos y al gobierno, castigarlos. En medio estamos nosotros, los periodistas, con la enorme posibilidad de ser parte de la solución o parte de la tragedia.

 
Renato
Cisneros

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