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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 10-09-2011 | Renato Cisneros

LA ESTRELLA DE FELIPE

Hace poco nomás Felipe Camiroaga, el querido presentador de la televisión chilena que murió en la tragedia aérea acontecida el pasado viernes 2 en el archipiélago Juan Fernández, colgó en su cuenta de Twitter un verso del poeta, también chileno, Gonzalo Rojas, fallecido en abril de este año. “Del aire soy, del aire, como todo mortal, del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas”, citó Felipe en la red social, sin saber que esa sería a la postre algo así como su última declaración de principios. Ayer, a una semana del siniestro, los restos de su cuerpo fueron identificados. Para algunos es cruel e irónico, para otros justo y poético, que el buen Felipe –conocido además como el ‘Halcón de Chicureo’ porque criaba esas aves en esa zona rural del norte de Chile– fuera a desaparecer tal como sugería el verso de Rojas y tal como le demandaba su naturaleza: disperso, atomizado en el aire.

 

Tenía 44 años, diez perros y una vida demasiado expuesta como para librarla de las decenas de rumores que, sobre sus romances o su sexualidad, hacía circular constantemente la prensa rapiña. Vivía lejos de la tóxica ciudad, en una linda casa de campo que a inicios del 2011 se incendió por completo. Se salvó de morir. El incendio se presumía accidental, pero la policía no logró descartar que haya sido provocado. La fatalidad, dirá alguien, ya le comenzaba a tender un oscuro cerco. O quizá ya se lo había tendido antes, muy temprano, cuando a los 4 años su madre se fue a España, dejándolo al cuidado del padre. “Fue muy duro. No es lo mismo crecer con una mamá que sin ella”, comentó Camiroaga cuando se animó a hablar del tema. Se reencontró con ella mucho después y, aunque la visitó permanentemente en Tenerife, el 2006 tuvo que resignarse a verla morir de cáncer.

 

Los varios golpes que le tocó encajar habrían endurecido el alma de cualquiera. Pero no ocurrió eso con Felipe. Su nobleza, humor y generosidad le facilitaban el trabajo de tener que darle al público una cara amistosa todas las mañanas. A mí me gustaba seguirlo junto a Tonka Tomicic en ‘Buenos Días a Todos’, el matutino emblema de la televisión de Chile, y en ‘Animal Nocturno’, su gran proyecto, su esperadísimo show personal, donde desplegaba todo su encanto. Más de una vez lo oí referirse al Perú con enorme aprecio. Su vínculo con nuestro país empezó en Arequipa, la ciudad de su abuela paterna, y se consolidó con cada bolero aprendido de uno de sus ídolos musicales, Lucho Barrios, otro muerto reciente, a quien le rindió tributo en la tele.

 

Definitivamente, Camiroaga no era un conductor más, de los que dependen de la pauta o los antojos de editores y directores, sino que compartía deliberadamente sus inquietudes y posiciones más radicales con la audiencia. Eso lo hacía traspasar la pantalla, acercarse, conectar, ser parecido a quienes lo veían. Políticamente, por ejemplo, apoyó abiertamente a Frei y a Bachelet, y fue muy crítico con Sebastián Piñera, por abrirse un frente con los estudiantes universitarios.

 

La tragedia de Juan Fernández ha causado un devastador impacto en la moral de los chilenos, que ya venía traqueteada por el terremoto del 2010. Hay honda tristeza, no solo porque quienes murieron en el avión volvían de realizar una labor humanitaria, sino porque todos habían llegado a ser personas muy representativas de sus ámbitos: la Fuerza Aérea, la más pujante empresa privada, la prensa y televisión. Por eso todos merecen los mismos homenajes y el mismo recuerdo. Sin embargo, la ausencia de Felipe Camiroaga se siente con especial desconsuelo. Porque era joven, porque era líder, porque era transgresor, porque era optimista, porque no utilizaba su popularidad para masajear su ego, sino para ayudar a la gente más humilde. Harto talento tenía el Halcón. Quienes lo seguíamos por la tele queremos creer que no ha partido al cielo, como dicen, sino que, como ya pronosticaba Gonzalo Rojas, ha regresado a las estrellas.

 
Renato
Cisneros

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