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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 17-09-2011 | Renato Cisneros

ENFERMOS DE COCA

Un día de hace años, allá por fines de los setenta, cuando ocupaba el cargo de ministro del Interior, mi padre recibió la llamada de un amigo suyo, un político por entonces importante. Digamos que se llamaba el Señor D. Ocurría que el hijo del Señor D, un muchacho de no más de 30 años, acababa de caer preso luego de una operación policial por posesión de no pocos kilos de cocaína. Al momento de ser intervenido junto con otros pequeños comercializadores, los agentes reportaron que el chico estaba fuera de sí, agresivo, y que actuaba bajo los visibles efectos de la droga, diciendo cosas del tipo “ustedes no saben hijo de quién soy”. El Señor D, naturalmente preocupado, creyó conveniente llamar a mi padre para que, en nombre de la amistad que los unía, ‘ayudara’ a su hijo recién detenido a salir de la cárcel. “Freddy, tú no puedes permitir que lo dejen encerrado”, le dijo. Fue una conversación tan larga como tensa que terminó cuando mi padre le soltó una verdad furibunda, seguida de una conclusión inapelable: “¿Me pides que yo me preocupe ahora por tu hijo cuando tú no te preocupaste antes por él? Lo siento, pero no puedo hacer nada”. El Señor D, furioso por lo que consideraba una imperdonable falta de lealtad amical, le colgó el teléfono. El chico, a pesar de los intentos de su padre por salvarlo de la ley, se fue merecidamente preso. Meses después, los examigos se encontraron en una reunión. Mi padre llegó a un círculo en el que se encontraba el Señor D un poco trasegado de whiskies. Cuando mi padre le extendió la mano, el Señor D –con la herida aún abierta en la memoria–, le gritó, desafiante: “Yo no saludo a mierdas”, dejándolo con el brazo en el aire. Mi padre tomó rápidamente la mano tiesa del Señor D y, forzándolo a devolver el saludo, le contestó: “Yo sí”.

 

El caso del Señor D –y el de todos los políticos con poder, o poder relativo, que articulan un discurso cínico respecto de la lucha contra las drogas– me recuerdan al drama del personaje de Michael Douglas en Traffic, la película de Steven Soderbergh. Allí Douglas encarna a un juez que es elegido Zar Antidrogas (tipo Soberón, pero con respaldo) que pasa muy poco tiempo con su hija, que se ha vuelto drogadicta. Víctima de una monumental paradoja, dándose cuenta de que no puede enfrentar al narcotráfico del país cuando ni siquiera es capaz de luchar contra la adicción de su hija, el Zar renuncia el mismo día de su nombramiento.

 

Me parece bien que hablemos de la erradicación agresiva del cultivo de hoja de coca en el Perú, y que se discuta qué alternativas –rentables, sostenibles– se puede ofrecer a los cocaleros para que dejen de alimentar la cadena del narcotráfico. Respecto de eso tiene que haber un mensaje claro, unívoco, y no esta suerte de chirriante teléfono malogrado que consiente el gobierno de Humala, y que se termina pareciendo tanto a la escopeta de dos cañones que disparaba el gobierno anterior. Sin descuidar eso, creo que el complejo problema de la droga también tendría que atacarse por el otro lado de la cadena: es decir, el lado de la demanda, del mercado, de los consumidores. De qué sirve preocuparnos por los cultivadores de coca, si descuidamos a los enfermos de la coca, que la buscan, que matan por ella, ya sea para negociarla o para consumirla. Según CEDRO, tanto en materia de pasta básica como de clorhidrato de cocaína, hay una gran población –entre 12 y 64 años, en costa y selva principalmente– que está altamente comprometida con el consumo. Si no se hace nada allí, la cadena no se desarticulará nunca. Lamentablemente, sospecho que hay muchos poderosos en el Perú –peores que el señor D y que el Zar de la película– que luchan discursivamente contra el flagelo de la coca pero que, por otro lado, con enorme hipocresía, permiten conscientemente su subsistencia.

 
Renato
Cisneros

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