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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 08-10-2011 | Renato Cisneros

¿QUIÉNES SON TUS MUERTOS?

Si muere Walter Oyarce, la visibilidad de sus asesinos, la violencia y aparente premeditación con que se le atacó, la ironía cruel de morir en un estadio, provocan una justificada conmoción a nivel nacional. Pero hay que decir también –aunque fastidie– que el hecho de que, tanto Walter como sus supuestos victimarios, perteneciesen a un determinado sector social ha influido, no en lo tremendo del hecho, pero sí en el aire dramático de la cobertura. Por el momento, mientras el juicio se resuelve, el buen Walter ha pasado a ser otro de nuestros ‘muertos emblemáticos’ –negada categoría que comparte con Ciro Castillo, Paola Vargas, Gerson Falla, siguen nombres–: memorias simbólicas de las imparables negligencias de un país disfuncional y terriblemente amnésico.

 

Si mueren dos personas en la Vía Expresa, y no son celebridades, su desgracia solo afecta a sus familiares. A casi toda la prensa, al público en general, le interesa más saber qué ocurrió con el criminal (conductor–borracho–drogado–fugitivo) antes que averiguar, por ejemplo, el estado de las demandas judiciales de los deudos, que claman por ayuda sin tener más de una cámara que refracte sus penurias. Y si los que mueren son niños pobres en un accidente automovilístico en Matucana, ahí el espanto y la indignación por lo sucedido duran lo que dura el reportaje del noticiero que estés viendo. Si muere una niña ahogada en un Wawawasi, o tres niños intoxicados en un caserío de Cajamarca, sus muertes –anónimas, remotas– solo les duelen a sus padres impotentes. Ese es dolor íntimo, dolor de verdad. Dolor sin solución. El resto nos obsesionamos con los responsables políticos, demandamos explicaciones satisfactorias, exigimos sanciones ejemplares para que nunca más ocurra aquello que sabemos que, tarde o temprano, volverá a suceder. Pero el nuestro no es dolor en serio. Ni siquiera es amago de dolor. A lo mucho, es dolor de twitter.

 

El ser humano es inevitablemente discriminador y, aunque lo niegue, es parcializado juez en la globalizada competencia necrológica de la que es testigo cada día. Eso permite que ocurran cosas tan raras como que, si muere el genio Steve Jobs, la audiencia, más impactada que dolida, más agradecida que llorosa, se siente en la espontánea necesidad de decir algo muy original respecto de su desaparición. Un muerto local, en cambio, un muerto NN, pudiendo tener más puntos en común contigo que un notable líder empresarial, californiano y millonario, jamás ameritaría un post en el Facebook, jamás podría ser trending topic en una red social. Ojo: eso no está ni bien ni mal. Simplemente es, simplemente pasa.

 

En nuestro país la competencia necrológica, gatillada por los medios insaciables, es seguida por todos, con binoculares, desde la enorme platea donde la sensibilidad y preocupación social legítimas se mezclan y confunden con el interés político, el morbo chabacano, la curiosidad pedestre y la ignorancia supina. Desde su lugar cada uno elige qué cosa mirar, a qué escenario prestarle atención, con quién solidarizarse, qué historia desechar.

 

En el Perú, no todas las muertes valen lo mismo, ni todos los muertos importan igual. Alguien diría que eso también ocurre en otras latitudes. Puede ser. Nuestra tragedia quizá radica en que somos un país que permanentemente aspira (o dice aspirar) a la inclusión. Sin embargo, lo que indicarían nuestras dispares reacciones frente a la muerte de otros peruanos, más bien, es que la inclusión es en sí misma una utopía. Y no porque falte voluntad para aterrizarla de parte del Estado –que falta–, sino porque el Estado finalmente lo formamos nosotros: gente familiarizada con la diferencia y la separación, ya sea porque la sufre, porque la ejerce, o la deja pasar. Gente que, muy en el fondo, en el nivel más básico e instintivo, en el piso más salvaje y emocional de sus criterios, no aspira a la igualdad, no le gusta, la rechaza, la torea, la demora. Aunque siempre, absolutamente siempre, se llene la boca diciendo lo contrario.

 
Renato
Cisneros

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