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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 22-10-2011 | Renato Cisneros

Un charco:/La calle inundada/de cielo

Lo vi por primera vez en los pasillos de Comunicaciones de la Universidad de Lima. Abril del 96. Yo acababa de ingresar a la Facultad: él llevaba años enseñando. Era alto, de rostro alargado, llevaba lentes de sol. Su pelo, enteramente blanco, contrastaba elegantemente con su indumentaria, enteramente negra. Más que un profesor maduro, parecía un Conde cincuentón. Sabía que éramos primos, pero no me animé a acercármele. Fue él quien, después de varios días de cruzar miradas, me buscó para hacerme conversación. Conectamos al instante: los dos tímidos, los dos poetas, los dos melancólicos y torpes, los dos fanáticos de la U, los dos rumiando la intuición de que, más que buenos parientes, íbamos a ser grandes amigos.

 

Para todos era Alfonso Cisneros Cox, el cultivado y algo sombrío profesor de Apreciación Musical de tercer ciclo. Para mí, en cambio, siempre fue Fonchín (o Foncho, si había que ponerse serio). Nunca sentí –nunca me dejó sentir– que entre los dos había una diferencia de más de veinte años. Cada vez que lo visitaba en su casa de San Antonio nos quedábamos hasta muy tarde hablando de libros, de música, de fútbol, de las chicas lindas de Comunicaciones. Nos partíamos de risa criticando a los personajes oscuros de la Universidad. Pero también charlábamos de nuestras preocupaciones; de cuánto extrañábamos a su madre y mi padre muertos; de nuestra condición solitaria y de lo que la poesía hacía por nosotros. Fue durante esas noches que aprendí a admirar su trabajo como escritor (desplegado en casi una decena de libros); su docencia; su sensibilidad por los haikus, su magnífico talento para componerlos; pero sobre todo su deseo de ser un alma sin ataduras. Orgullosa tal vez, pero libre e incorruptible.

 

Solo cuando el bosque marrón de botellas de Cuzqueña desbordaba los ángulos de la mesa de su sala –ahí, delante de su espléndida colección de música clásica– , me retiraba para volver religiosamente a la semana siguiente. Si nos juntábamos antes, era para jugar un partido de fulbito (era un veterano arquero de gran personalidad) o para ver un Clásico mordiéndonos las uñas.

 

Pocas personas han creído en mí tanto como lo hizo Fonchín. Su aliento para que escribiera y publicara poemas ha sido vivificador. Desde el primer momento solo tuvo muestras de generosidad: me prestó libros, películas, discos a pesar de lo incumplido que era para devolvérselos; me dio trabajo como practicante en la Oficina de la Orquesta Filarmónica; me dejó ponerme la nota final (19) en el curso de Apreciación;  me invitó de paseo a la playa de La Quipa, Lomas y La Ensenada; publicó textos míos en Lienzo, la revista que dirigió hasta el final; pero sobre todo me dejó penetrar en su entorno más íntimo, me confió secretos, y disculpó con un abrazo mis imperdonables ausencias e ingratitudes.

 

Hay gente que te marca por el peso de su cariño, por su franqueza, por su enorme complicidad. Ese fue Fonchín para mí. Y ahora que le escribo esta columna –mientras sus restos son cremados en Huachipa– me quedo con lo que anteayer me contó su pata del alma Oscar Quezada: durante una de sus últimas noches, a pesar de que el cáncer ya le había quitado lucidez, recordó de memoria el que acaso es su haiku perfecto, su haikuganador: Un charco:/la calle/inundada de cielo. Hasta siempre, poeta, primo querido.

 
Renato
Cisneros

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