En el caso de Ciro Castillo los periodistas hemos consumado un papelón inolvidable. Al forzar ángulos dramáticos, al darle al tema innecesarios giros truculentos, al acusar con el beneplácito de la platea, y al hacer preguntas irrelevantes persiguiendo la sintonía antes que la verdad, lo único que hemos hecho es despedazar la ética profesional. Y solo queda decirlo así, en plural, porque –aunque el esfuerzo individual por desmarcarse del estándar pueda dejar tranquilo a más de uno–, el trabajo global de la prensa ha sido deficitario, penoso.
Pocos días antes de que apareciera oficialmente el cuerpo de Ciro, su madre, la señora Rosario, estuvo en el noticiero de la tarde de RPP. Había expectativa por escucharla porque los Topos de México acababan de anunciar el hallazgo de unos restos, dejando entrever que podrían ser los del estudiante de la Agraria. Aunque suene a tardía mea culpa, quizá debí inhibirme de hacer esa entrevista, pues a esas alturas el tema estaba hipermanoseado y era inevitable lanzarle a doña Rosario preguntas que no rezumaran oportunismo o que no resultasen insensibles a su tragedia. Sin embargo, procedí con el guión y –disimulando mal mi contrariedad ética– cerré la nota con la correspondiente arenga emocional a la pobre madre que, frente a mí, lo último que parecía querer oír era uno más de esos pésames teatrales.
Ha pasado ya el capítulo Ciro. Y aunque todavía haya medios indolentes obsesionados con seguir viviendo de las rentas de ese culebrón, hoy la prensa tiene entre sus manos una enorme oportunidad de reivindicarse. No ante el público, que al sintonizar en la intimidad, con morboso deleite, programas y espacios que luego, en círculos sociales, critica y censura con el asco de la doble moral, actúa como cómplice desfachatado antes que como juez creíble. No, no es ante ese público que la prensa tiene que reivindicarse, sino ante sí misma, delante de su espejo quebrado, con el único propósito de devolverle al oficio la poca nobleza que le queda.
El caso del Mayor de la Policía Felipe Bazán Soles, desaparecido hace más de dos años durante el ‘Baguazo’, nos da la posibilidad de una cobertura amplia, pero sobre todo seria y rigurosa. Es probable que esta historia no ponga en juego tantos dilemas sentimentales como la de Ciro y Rosario, y que por lo mismo no resulte tan ‘atractiva’. De hecho, aquí no hay una villana a la cual señalar, ni un Bomboya que escalar, ni un celular con mensajes crípticos, pero –si quitamos todo el decorado de la escenografía– veremos que de fondo hay un idéntico argumento humano: una familia sin consuelo que busca a su hijo. Ese debería ser motivo suficiente para persuadir a la prensa y al Estado de hacer su chamba. La primera, con el encargo de buscar indicios y pistas que completen el rompecabezas de la desaparición; la segunda, con la misión de recorrer Bagua hasta el cansancio, tomando como punto de partida esa fotografía espeluznante en la que Bazán aparece, magullado, casi ciego por los golpes, rodeado por sus captores.
Ayer, el ministro del Interior anunció una primera búsqueda oficial por treinta días. Parece un gran gesto, pero no lo es. La policía –que fracasó rotundamente en el caso Ciro, no solo porque no encontró el cuerpo, sino porque distorsionó el proceso, y se adjudicó institucionalmente algunos avances solo conseguidos gracias al empuje de la familia Castillo– hoy tiene la obligación moral, tal vez no de encontrar a Bazán, pero sí de darle a sus padres y esposa una explicación sensata de lo que ocurrió con él la tarde del 5 de junio del 2009. Ese es el reto del gobierno.
Lo que nos toca a los periodistas es reconstruir el caso venciendo la tentación de la novela; pensando en el valor de la información, no en el precio del titular del día siguiente. Buscar al policía extraviado, en el fondo, será solo una coartada para buscar lo que en realidad hemos perdido: la decencia, el orgullo de llamarnos prensa. Así, en plural.
Renato
Cisneros