Hace unos días, revisando el blog del escritor chileno Alberto Fuguet, encontré una mención a Gustavo Escanlar, periodista, narrador y presentador de tele uruguayo, muerto el pasado 12 de este mes. En rigor, no era solo una mención la que hacía Fuguet, sino un repaso sentimental –plagado de links y referencias– de la amistad ‘cósmica’ que existió entre ellos: cómo se generó, cómo se sostuvo, cómo se hizo entrañable.
De inmediato, por la entusiasta generosidad con que el autor chileno se refería a su amigo muerto, me prendí del uruguayo. Me pasé la tarde consumiendo todo lo que encontré de Escanlar en Internet: entrevistas en Youtube, videos de los programas que condujo, extractos de sus libros, sus últimas crónicas en la revista Búsqueda, noticias de sus últimos días en el hospital, donde falleció a los 48 años, producto de un infarto. Qué tipo cojonudo y desfachatado era Escanlar: provocador absoluto, crítico inmisericorde de las vacas sagradas literarias (básicamente, Eduardo Galeano y Mario Benedetti) e incómodo opositor de cualquier poder establecido. Era, además, un atormentado que se colocaba a sí mismo como carne de cañón en cada una de sus reyertas existenciales. Aquí una breve dosis de Escanlar: “Un hombre tiene seis bisagras en la vida. No me acuerdo quien lo dijo, pero es verdad. Tenés seis oportunidades para cambiar de vida. Todas las religiones son una mierda, ¿pero viste que todas, en algún momento, te mandan al desierto? Bueno, en eso son sabias. Porque en algún momento de tu vida tenés que sentir eso, que estás en el desierto, solo, bancándotela”.
Mientras leía sobre él pensaba en que toda sociedad merece tener gente como Escanlar dentro de su circuito artístico–mediático: es decir, gente que joda con inteligencia, que cuestione los discursos y sospeche de las instituciones, que no renuncie jamás a decir lo que cree, que cultive el humor y fomente las ideas incansablemente.
Leyendo a Fuguet y Escanlar fue inevitable pensar en la reciente y estupenda novela de Javier Arévalo, Los Niños Góticos, ambientada en 1910, donde un grupo de jóvenes escritores peruanos hace precisamente eso: poner en permanentes aprietos al poder político y eclesiástico con el único propósito de defender su derecho de opinión y actuación. A cada intento deliberado por silenciarlos, ellos –románticos, furiosos– responden con corrosivas y creativas manifestaciones artísticas.
Fue inevitable, también, no verme invadido por una cierta desazón al comprobar la peligrosa carestía que actualmente padecemos de Escanlares y Niños Góticos. Hay algunos pocos, felizmente. Ojalá nomás que las aparatosas luces de las supuestas bonanzas que empachan al país no eclipsen sus voces, desconfiadas y necesarias.
Renato
Cisneros