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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 12-11-2011 | Renato Cisneros

LOS FUNCIONARIOS

Los máximos funcionarios públicos no deberían recibir a sus parientes en las oficinas que el Estado les habilita para ejercer su cargo. La visita de un hermano, primo o cuñado a Palacio, a un Ministerio o al Congreso se presta siempre a malos entendidos. Para verse y charlar la familia tiene la casa, el parque, quizá un café, un bonito restaurante, por qué no una suite confortable. De otro lado, los empresarios, inversionistas interesados en postular a una concesión, y demás personajes potencialmente involucrados en las políticas de Estado, solo deberían ser recibidos en despachos oficiales. Ese es el escenario natural para tales conversaciones. Aquí, sin embargo, las cosas funcionan al revés: los funcionarios reciben a sus parientes en el despacho, y a los otros en suites o restaurantes.

 

Los funcionarios públicos deberían estar obligados a alejarse de Lima por un tiempo, a trabajar en el interior, a absorber –siquiera durante un trimestre– las condiciones de vida de los peruanos cuyas vidas pretenden impactar. Alguien podría decirme que para eso están las autoridades regionales. Sí, pero no es lo mismo: lo vemos cada vez que una comunidad descontenta pide hablar, no con su presidente regional, sino con el primer ministro. Si es tan importante la descentralización, si en realidad se busca la gran transformación social, entonces que también se transformen los mecanismos de gobierno y diálogo. Por mandato constitucional, los ministros y congresistas deberían establecerse una temporada fuera de la capital. No digo que vayan a las regiones en tropa, solo un fin de semana, en uno de esos inútiles y anacrónicos viajes de promoción que tanto le gusta promover a Daniel Abugattás. Nada de eso. Me refiero a que viajen individual y alternadamente, y que se queden allí un rato largo, conviviendo al estilo del reality Vidas Extremas. Así, tal vez, resultarían menos extraños, menos ajenos, menos burócratas. Así, tal vez, les sería más fácil sintonizar con los pobladores y con sus dramas del día a día. Así, tal vez, el ministro de Agricultura no sería visto en Andahuaylas como un señor intransigente, canoso y malhumorado que se empeña en perjudicar a los lugareños. Ese desplazamiento debería realizarse sin mayor pompa ni publicidad, con presupuesto austero, con el único afán de comprender la mirada y la idea del progreso que existe fuera de Lima, en el sombrío corazón de las provincias.

 

Por cinco años, los máximos funcionarios públicos deberían ser beneficiarios del mismo Estado al que aspiran sacar adelante. ¿Cómo? Aquí una idea: que ellos se atiendan en los hospitales de Essalud, y que sus hijos estudien en colegios públicos. Así como los hijos de muchos militares y diplomáticos tienen que mudarse permanentemente de ciudad y escuela por no romper el núcleo familiar, sería coherente que los hijos de los ministros y congresistas vivan la experiencia de aquellos a quienes sus padres dicen representar. De lo contrario, continuará el círculo vicioso del cinismo político: ese que lleva a funcionarios y gobernantes a lanzar arengas y proclamas en favor de un Estado más sólido, pero prefieren contratar los servicios eficientes de un privado.

 

Los máximos funcionarios públicos deberían circular sin privilegios. A estas alturas, con el tipo de violencia que reina en las calles del país –una violencia social, no política–, todos corremos riesgos idénticos. Los delincuentes no discriminan entre un congresista famoso y un ciudadano equis, o entre el fulano poderoso y el mengano de a pie. Si estamos de acuerdo en eso, por qué, entonces, seguimos padeciendo y tolerando la existencia abusiva de esas exageradas comitivas con que se blindan a los máximos funcionarios. Si la idea es hacer digno y horizontal el vínculo entre representantes y representados, por qué el Estado sigue protegiendo más a unos que a otros.

 

Ojalá que este gobierno no pierda la perspectiva ni desconozca el origen de su elección. Lo peor que le podría ocurrir a Ollanta Humala es terminar adoptando todos aquellos vicios que contradijo y combatió, como la frivolidad e insensibilidad de los gobiernos anteriores. Los máximos funcionarios públicos tienen que ponerse, no en el lugar de la gente, sino en la piel de la gente. No solo oír su opinión, sino hacer todo lo posible por comprenderla. Hubo un tiempo en que necesitábamos volver a creer en el Perú. Ese tiempo, claramente, ya pasó. Lo que ahora necesitamos es empezar a confiar en el Estado.

 
Renato
Cisneros

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