Por falta de humildad o exceso de orgullo los políticos evitan reconocer sus errores. Digamos que no es un ejercicio que practiquen con frecuencia ni ahínco. Lo que no saben es que así desperdician el tremendo efecto positivo que causaría en el público escuchar esas dos palabritas que, yuxtapuestas, son capaces de evitar el conflicto más encarnizado: “me equivoqué”. Si ya en boca de un ciudadano cualquiera la frase es balsámica y reconciliatoria, en boca de un dignatario resulta sobrecogedora. Cuando una autoridad admite una falla y pide disculpas por un traspié no se rebaja: al revés, se adecenta, se vuelve más autoridad.
Da risa (pero más cólera) ver a los políticos rehusarse a bajar la cabeza ante la ciudadanía. Si lo hacen –movidos, no por la convicción, sino por las circunstancias– su arrepentimiento es tan flojo, tan apático, tan de utilería, que cuesta creer que haya en él un solo gramo de autenticidad. Provoca sugerirles que si no van a rectificarse de corazón, mejor no digan nada pues pierden el doble. Miren ustedes lo mal que le ha ido a Omar Chehade por disculparse así, a la fuerza, hablando siempre en condicional, elaborando tesis con irreductible arrogancia, creyendo que es la prensa, y no el gran público, el destinatario final de su mensaje. Para colmo –y haciendo uso de un viejo artificio que solo constituye una reveladora señal de su inseguridad–, el segundo vicepresidente se deja acompañar al Congreso por una ‘portátil’ bien entrenada que, con cartulinas del mismo color y respuestas de idéntica factura, en lugar de darle respaldo sólido, incrementa el patetismo de su agonía. De tanto perseguir a Fujimori y Montesinos, el ex Procurador parece haber adquirido algo de la estética con que aquellos montaban sus bullangueros ‘comités’ de apoyo.
Los gestos, señores del Ejecutivo y Legislativo, no solo importan durante las campañas electorales. Los peruanos vamos a las urnas cada cinco años, pero votamos todo el tiempo. Ese voto, por cierto, no se expresa con el ‘flash’ estático de un domingo, sino que evoluciona de acuerdo con los mensajes que van llegando desde la esfera del poder. Sus indicadores son diversos: desde los sondeos de las encuestadoras hasta las protestas gremiales, pasando por el análisis de los especialistas, el comentario de la comunidad internacional, la opinión popular recogida en los medios, las marchas comunales, etcétera.
La gran trampa del poder es que rápidamente hace creer a quienes se instalan en él que son imprescindibles e invulnerables. Tan torpe convencimiento, en un contexto en el que hay que aprender a oír y negociar, equivale al más eficaz de los suicidios. El poderoso bruto se niega a ceder porque piensa que así da muestras de fragilidad; el poderoso inteligente sabe que ceder es solo una manera de hacerse moralmente fuerte.
Necesitamos que este gobierno –precisamente para desmarcarse de la estela de autosuficiencia que dejaron en Palacio Toledo y García –aprenda a aceptar sus errores sin miedo, sin quejarse de sus herencias. Por ejemplo: si hubo fallas de enfoque y perspectiva sobre el tema minero durante la primera parte del 2011, pues que el Presidente lo diga abiertamente. Si hubo anuncios que claramente no van a poder concretarse, que lo aclare con tacto. Si ofreció un modelo imposible, que lo admita también. Si hay estrategias de comunicación que no tienen impacto, que las replantee con transparencia. Si hay colaboradores que no resultaron tan constructivos como se pensaba, que los margine sin que le tiemble el pulso. Si una cosa es con guitarra y otra con cajón, que lo reconozca sin titubear: no es lo mismo que lo digan los editorialistas en sus columnas a que lo diga él, aunque sea por twitter.
Este gobierno puede humanizarse y ganar, ya no el voto, sino el respeto de la mayoría de la población a partir de su capacidad de corregirse con apertura. No tiene que ser radical ni violento, sino humilde y frontal. Esa sería su mejor apuesta. Pero si, en cambio, prefiere seguir las recetas divisionistas del pasado reciente, esas que negaban la autocrítica, hablaban del ‘perro del hortelano’ y encubrían sus métodos prepotentes bajo el poroso concepto de ‘principio de autoridad’, entonces acabará sepultada su gran promesa de inclusión.
Renato
Cisneros