Miércoles 19 de Junio del 2013

Columnistas | 26-11-2011 | Renato Cisneros

PAPÁS EN SERIE

La familia, siendo una institución social, es también un concepto económico. Buena parte de la industria del consumo está estructurada en función de ella. Pensemos nomás cuán apreciada es la familia como público objetivo dentro del mercado, y cuántas estrategias comerciales se urden para atraerla. Por eso las tiendas por departamentos y las grandes marcas de artículos para el hogar organizan hoy los matrimonios: no tanto porque quieran ver a los novios realizados, sino porque una nueva familia es, en el fondo, un cliente próximo a fidelizar.

 

A esa perspectiva quisiera añadir dos elementos: 1) el discurso de la Iglesia Católica —que alienta a sus fieles (muchas veces sin informarlos) a unirse en matrimonio y celebrar el amor en la reproducción—; 2) La legendaria miopía occidental que hace ver al casamiento y la descendencia como imponentes graduaciones afectivas del ser humano, en cuyas antípodas está la soledad, esa huraña minusválida.

 

Si juntamos todo aquello, tenemos el siguiente patético panorama: hombres y mujeres uniéndose por todas partes sin preguntarse bien por qué, en nombre de una orquestación social llena de ‘indiscutibles’ tradiciones. Hombres y mujeres que van pariendo hijos alegremente, sin averiguar si verdaderamente desean criarlos, educarlos y luego desprenderse de ellos, sin responderse a solas cuánto amor tienen para inyectarles a esos futuros individuos independientes. Eso por hablar únicamente de las parejas más o menos formales, o conscientemente constituidas, que planean traer criaturas al mundo. Las parejas irresponsables —víctimas de sus impulsos y descuidos— ni siquiera tienen oportunidad de planearlo, menos aún de debatirlo. Peor es el caso de las mujeres que quedan embarazadas contra su voluntad y que deben —si deciden dar a luz— ir sorprendiéndose en el camino del mucho o poco instinto maternal que poseen.

 

Así como no todas las personas están hechas para el matrimonio (aunque una gran mayoría fuerza la ‘experiencia’), tampoco todas están llamadas a ejercer la paternidad. A pesar de que la familia, la escuela y la Iglesia vean en la procreación un milagro al cual debamos aspirar, es más honesto (y sobre todo más justo) averiguar primero cuánto tiene que ver la paternidad con tu forma de ser y de entender las relaciones humanas antes de inaugurarte en ella.

 

Esta semana, a raíz del caso de Pierina, la niña de 9 años que fue presuntamente asesinada por su madre, se ha discutido en todos lados el tema de la violencia familiar. Se ha dicho lo de siempre: que el Estado no vela por los niños, que hay padres desnaturalizados que merecen la cárcel, que la salud mental de la población requiere de una política seria. El problema excede el caso de Pierina. Tiene que ver con todos los casos como ese, que ocurren desde hace muchos años, y no solamente en el Perú.

 

Mi única conclusión al respecto es esta: la paternidad no debería ser un derecho, sino un merecimiento. Aquí y en cualquier parte. Si los padres adoptivos deben cumplir una serie de requisitos y superar pruebas y exámenes con la finalidad de demostrarle al Estado que están socialmente aptos para criar niños ajenos, por qué a los padres biológicos —al menos a los que se han unido civilmente ante un representante de ese mismo Estado— les basta con solo decidir tenerlos. ¿Quién puede garantizar que vayan a ser padres idóneos? ¿Qué padres son los históricamente más desadaptados: los legítimos o los sustitutos?

 

Es curioso, para elegir tu profesión, por ejemplo, te hacen decenas de test, te sientan frente a más de un psicólogo, te matriculan en una academia para que vayas evaluando y descartando opciones. De la paternidad, en cambio —un asunto mucho más delicado que cualquier carrera— el sistema ni se preocupa. No te hablan de ello cuando eres adolescente, ni te entrenan cuando eres adulto. El mensaje es perverso: es más importante que seas buen profesional a que seas buen padre.

 

Debe ser por eso que la violencia familiar es transversal y se produce en los hogares de las capas más humildes como en los de las más adineradas. Algunos padres matan con raticida y ácido muriático, otros con humillación, chantaje, abandono. Unas vidas se cortan de raíz, otras se pudren. El resultado es el mismo: sociedades violentas, llenas de sujetos sin prioridades, que no cuestionan los pasos que van dando, que se vuelven locos en el camino y luego descargan su frustración contra la primera persona débil que se les cruza: a veces es un extraño, pero a veces es su propio hijo.

 
Renato
Cisneros

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