En medio de tanta prosperidad gastronómica, ahora que el Perú se ha convertido en el más prestigioso destino culinario de la región, y que sus insumos alcanzan inéditos índices en la industria agroexportadora, justo ahora resulta, no una desventaja, sino todo un honor que a tu movimiento político lo comparen con un plato típico como el sancochado.
Sin embargo, el flautista disticoso de Pedro Pablo Kuczynski encuentra desafortunada la metáfora, incluso peyorativa, cuando, en realidad, el potaje de marras –no solo ilustra bien lo que su coalición representa–, sino que bien podría ubicarse como símbolo de su plataforma en la cédula de votación. En efecto, la Alianza por el Gran Cambio (el Gran Combo) recoge variopintas expresiones, no solo ideológicas sino, fundamentalmente, raciales. Y eso, aunque PPK todavía no lo aprecie, es un formidable activo para cualquier candidato que intente captar las diversas sensibilidades que recorren el país.
Si el sancochado –de acuerdo con la receta casera que recuerdo– reúne en un mismo recipiente carne de res, papa, camote, yuca, zanahoria, nabo, col y choclo, el sibarita PPK reúne, en torno de sí, gente que encarna ricos y distintos perfiles: está Lourdes Flores, líder capitalina vinculada a sectores empresariales, pero –si revisamos los números de la última disputa municipal– también enganchada a un cierto núcleo popular; está Yehude Simon, progresista social con experiencia y pegada en varias ciudades del interior; está César Acuña, carismático empresario de provincia con harto olfato para la gerencia; y está Humberto Lay, menudo caudillo religioso que pregona un discurso moral que siempre cae bien en una campaña, por muy amoral que esta sea.
Trasladadas esas personalidades a la mesa, las semejanzas con el sancochado, en lugar de perderse, se acentúan. Si PPK es la res, la carnecita, Acuña sería claramente la papa (aunque físicamente más le corresponda la semiovalada figura del camote). Yehude, cómo no, es el choclo recio y barbudo. De otro lado, si Lourdes siempre ha sido zanahoria, al pastor Lay le queda perfecto el papel de nabo.
Igual que el sancochado, la alianza de Kuczynski es (o mejor dicho, podría llegar a ser) combo nutritivo, mosaico cultural y, de refilón, atractiva propuesta de fondo en el atiborrado menú electoral. Por eso, en lugar de espantarse del membrete y desaprobar la analogía, PPK debería sacarle el jugo, aceptando públicamente la naturaleza mixta de su agrupación. Que se asesore por cualquiera de los diez millones de chefs que pululan por ahí. Más de uno le ofrecerá una reflexión parecida: si convierte el sancochado en el símbolo gráfico de su propuesta, terminará almorzándose a los demás.
Renato
Cisneros