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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 05-02-2011 | Renato Cisneros

EL VALS FUJIMORISTA

 

Retrechero y avispado, el fujimorismo se viene ubicando en el escenario de la campaña con lo más graneado de su contingente. Hasta antes de la pugna electoral, sus huestes habían quedado reducidas a la comparsa congresal. Eran Keiko, Carlos Raffo y dos o tres más. Se juntaban en el Hemiciclo y desde allí vociferaban, discutían y pactaban con el Apra la alianza negada más obvia de la historia. Cuando se aburrían y perdían protagonismo, se ponían a bailar Thriller.

 

Ahora no: ahora –como en el vals, aunque peor– toditos vuelven. Y, como los Gremlins, están por todos lados: en los noticieros, en Internet, en la calle, en los cerros, en el teatro. El problema, por cierto, no es que regresen en mancha al mismo punto del que fueron expectorados por consentir con su silencio el gran paraguas de corrupción que tendió sobre ellos Vladimiro Montesinos. Ese no es el problema: todos los muertos, finalmente, tienen derecho de resucitar (o por lo menos de intentarlo). Lo verdaderamente peligroso es el tono y la actitud con que emprenden la vuelta.

 

Uno escucha, por ejemplo, a Martha Chávez y a Carmen Lozada de Gamboa, e inmediatamente sabe que nada ha cambiado en su esquema mental. En ellas, es decir, en su discurso, brilla esa necedad troncal que fue insumo capital del catecismo que predicaba Fujimori, y cuyo dogma bien podría sustentarse en estos cuatro puntos: cero autocrítica, cero disculpas, cero arrepentimiento, cero humildad. Cual si estuviéramos, no en el 2011, sino en 1998, las dos insisten en defender la amnistía para el sentenciado Grupo Colina, y aún consideran que su líder máximo ha sido –oh, fatalidad– una triste víctima de las circunstancias. Allá ellas si desean seguir ejerciendo ese partidismo retroactivo, añorando un pasado que no tiene nada que ver con el futuro que el país busca. 

 

Por otro lado, aunque no tan lejos de la ferocidad que ostenta aquel binomio, tenemos a Carlos Raffo, el Panda para los amigos. Tan preclaro congresista ha incursionado recientemente en el ambiente artístico, aunque su condición de principiante es relativa. Después de todo, su stand up comedy en La Estación de Barranco no es otra cosa que una prolongación: el sólido resultado de años de práctica haciendo lo mismo en el Congreso. Cada intervención suya en el Hemiciclo –de pie, delante del micrófono parlamentario, con las manitas arrullando la prominencia abdominal– era también un sano ejercicio de ese humorismo de taberna que hoy recibe aplausos de un rendido auditorio en el que destacan Rafael Rey, Yoshiyama, amén de otros correligionarios sin orden de captura.

 

No incluyo en el paquete a Luz Salgado por una sencilla razón: su perorata, siendo igual de vehemente, es más realista, más ubicada, y se modula a partir de la conciencia de aceptar que algunas cosas se hicieron mal durante la dictadura. No incluyo tampoco a Martha Hildebrandt ni a Luisa María Cuculizza, porque me parece que ambas –a pesar de su genio bravucón y pendenciero– saben cuándo apasionarse y cuándo guardar silencio.  

 

 Con máscara (no tan) nueva, ha regresado el fujimorismo aquel. Agárrense, porque ha vuelto con la ofensiva arrogancia de quien cree que puede reclamar aquello que considera suyo, pero que no se percata de que hace mucho rato lo perdió. 

 
Renato
Cisneros

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