Indigna, pero no sorprende el modo sistemático en que la violencia se las ingenia para instalarse entre nosotros. No me refiero a la violencia delincuencial –que es obvia, estridente y anda enraizada– sino a la violencia, digamos, de los pequeños núcleos, la que ocurre en la casa, en la escuela, en el barrio. La que es quizás más grave, porque pasa más desapercibida, porque es más impune y porque hay quienes la consienten.
En Lima, un tipo muy frustrado encontró a un niño de diez años rayándole el auto con un clavo, se rayó él también y lo agredió sin contemplaciones, propinándole una golpiza salvaje. Si el niño pierde la vista del ojo izquierdo será producto de ese pleito desigual.
También en Lima, un niño agresivo y prejuicioso (hijo de un hogar en el que la agresión y los prejuicios sin duda se estimulan) hostigaba a un compañero de colegio por el supuesto demérito de ser provinciano. No solo lo segregaba, también le aplicaba algunos puntapiés. Una tarde le pegó tan duro que le dobló la columna, confinándolo a una cama de hospital. Ahora la víctima, un chico de 14, lucha contra una paraplejia, contra la tuberculosis producto de la fractura, y contra una enorme cólera que no sabe dónde colocar.
En Trujillo, un padre neurótico, celoso, pero sobre todo estúpido, usó una manguera como implacable látigo contra la espalda de su pequeño vecino de 12 años, quien cometió la imperdonable osadía de enamorar a su hija de 13. Las heridas que el niño tiene en la espalda dan coraje. Basta con verlas en Internet para imaginar lo dolorosas que pueden ser.
En Cajamarca, una comunidad en pleno azotó en público a una joven de 15 años y a un profesor de 32 años. Ambos mantenían una relación sentimental clandestina que, al ser descubierta, provocó la ira de la turbamulta, que se les fue encima. De nada les valió arrepentirse. Los cuatro hechos se conocieron esta última semana y su coincidencia hizo que algunos diarios y programas se preguntaran en medio de qué tipo de problemática se halla la sociedad, que reacciona de modo tan abusivo y bravucón, ignorando que hay otros caminos, otras vías para expresar su rechazo, su protesta, su desacuerdo.
Como decía al inicio, esta ola de violencia indigna, pero no sorprende. No podría sorprender en un país cuyo presidente resuelve también sus inconvenientes callejeros con golpes negados; cuya máxima autoridad judicial –despojándose del sentido de justicia que precisamente le ha tocado representar– aplaude los manotazos del Jefe de Estado para luego, tras la patinada, desdecirse; y donde hay ministros que están más abocados a bobas censuras televisivas en lugar de a la vigilancia de clamorosos casos como los arriba descritos. Eso también afecta.
Eso también es violento: tener altos funcionarios impulsivos, soberbios, desavisados, que confunden el encargo que se les encomendó con un poder necio y arrogante que ningún ciudadano tiene por qué padecer ni soportar.
Renato
Cisneros