Miércoles veintitrés de febrero. Diez de la noche. Salgo del programa de tele y no sé qué hacer. Estoy espídico, demasiado adrenalínico como para ir a mi casa y derrumbarme en la cama. Mi chica y casi todos mis amigos están, desde luego, como corresponde, en el concierto de Sting, que recién está calentándose. Considero por un instante la posibilidad de manejar hasta el Monumental y quedarme afuera, oyendo los ecos de la afónica voz del ex The Police, tal como hice varios años atrás con tantísimos conciertos: Toto en la U. de Lima, Santana en la Católica, Los Prisioneros en el Nacional. La imagen, sin embargo –yo, solo, apoyado en el auto, escuchando Roxane en la vía pública–, en vez de romántica, me resulta demasiado pelotuda. Desisto del plan. Recuerdo entonces a Alfredo, un amigo que detesta a Sting y que tiene mucho tiempo libre. Lo llamo entusiasmado para irnos a tomar una cerveza, pero me cancela: una chica despistada (y seguramente bigotuda) lo visitará y pasará la noche en su departamento. La idea de ir a un bar solo –ejercicio antropológico que por lo general me divierte– hoy me deprime. Mejor voy al cine, pienso. Total, estoy a tres cuadras del Alcázar y hay buenas películas. Además, así como el lunes, el único otro gran día para ir al cine es el miércoles. Por salud mental, me tengo prohibido ir en martes populares, jueves de estreno y en fines de semana, porque son días en que el gentío limeño ––sudoroso por el verano, impactado por la radiación–– repleta las salas con sus hijos chillones, tan desagradables como sus bandejas atiborradas de hot dogs, trozos de pizza, gaseosas y pop corn. Eso no pasa los miércoles. Los miércoles, a las diez de la noche, puedes ir tranquilo, acomodarte en mitad de la fila cuatro o cinco, extender tus piernas sobre las butacas vacías de la fila anterior y sentirte, más o menos, como te sentirías frente al gigantesco Plasma que decora la sala del cómodo Penthouse que no tienes. Claro, todo depende siempre de qué película vayas a ver. No todas permiten semejante sosiego. Manejo sin prisa, rodeo el Óvalo Gutiérrez, abandono el auto en el estacionamiento subterráneo y me planto frente a la inquisidora marquesina. Y ahora qué carajo veo, me pregunto en silencio. Tanteo mis ganas, mi ánimo y –zás– decido ver El Rito, film de miedo duro que cuenta la historia de los curas exorcistas entrenados por el Vaticano. En seguida me arrepiento: no por el argumento, sino por la mancha de adolescentes en vacaciones que acaban de sacar entradas para verla. La sola visión de esos hueveros indeseables en la sala –haciendo bromas idiotas, eructando acústicamente, arrojándose palomitas de maíz cuando no mocos– me infunde más pavor y turbación que todos los demonios bíblicos con que lidia Anthony Hopkins en la cinta. Ya ante la aburrida cajera, reviso rápidamente el menú. No hay mucho que elegir. La única película subtitulada disponible es El discurso del Rey. Joder, pienso. Como no sé de qué trata, imagino salones versallescos, valses en ronda, intrigas palaciegas, peinados victorianos, y pronostico que antes de los quince minutos me quedaré letalmente seco, con la boca abierta. Al cabo de dos horas, mi presagio no falló tanto: me quedé con la boca abierta, sí, pero absolutamente despierto, conmovido y tartamudo. Si mañana esa peli no gana siquiera un Óscar, juro que no vuelvo al cine nunca más.
Renato
Cisneros