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Jueves 17 de Mayo del 2012

Columnistas | 05-03-2011 | Renato Cisneros

EL TERROR ESTÃ EN EL AIRE

 

Desprecio la violencia. La perpetrada por gente abusiva e intolerante. La que es vil, prepotente y, por eso mismo, cobarde. Esta semana –gracias a mi no tan noble labor de comentarista radial– fui haciendo acopio mental de una serie de noticias locales e internacionales que, luego de impactarme y tras un vano intento por digerirlas, me arrastraron hacia la misma pregunta: ¿en qué especie de seres inferiores nos estamos convirtiendo?

 

En Porto Alegre, Brasil, un banquero muy enfurruñado con la vida manejaba su auto al lado de su hijo de quince años. De pronto, se encontró con una pacífica multitud de ciclistas que ocupaba una vía. El hombre –que estaba apurado–  se puso nervioso luego de que algunos de los deportistas le tocaran el vidrio, producto de los roces con el coche. Movilizado entonces por una furia irracional, el banquero tomó el timón con fuerza, pisó el acelerador y, sin mayor empacho, embistió a una veintena de personas. La escena del atropello –que pueden verla en Youtube– da escalofríos. No imagino la mezcla de humillación y dolor que deben haber sentido los ciclistas arrollados, como tampoco imagino el horror que debe haber vivido el chico de quince años dentro del auto al descubrir que su padre era básicamente un monstruo motorizado.  

 

En Arequipa, un par de taxistas borrachos de ron miraron de arriba abajo a Henry, el niño de trece años que amablemente se acercó a pedirles que por favor movieran el auto donde estaban libando porque obstruía la salida del garaje de su casa. Los hombres, sulfúricos, rebajados a su condición más primitiva, atacaron al muchacho con piedras. Una de las piedras destrozó el tabique de Henry, lo cual provocó la inmediata indignación del barrio (y estoy seguro de que también acaba de provocar la suya). Justo cuando la población de disponía a ajusticiar a ese par de matones indeseables, la policía los rescató en una camioneta.

 

En Lima, un señor recibe la llamada de su hijo, un manganzón de no menos de 28 años que se queja con él de la papeleta que Gloria, una correcta suboficial de la policía, acaba de colocarle por manejar sin cinturón de seguridad. En lugar de llamarle la atención al hijo por su infracción y felicitar a Gloria por hacer su chamba, el idiota del padre opta por agredirla, creyendo que así venga al descerebrado de su hijo. Primero le arrojó monedas, luego le aplicó una sarta de golpes. Al final, un patrullero auxilió a la pobre Gloria que, llena de hematomas, pedía socorro desde el suelo, sin entender en qué momento hizo mal las cosas.

 

La última. En Cusco, un recluta del cuartel Mariscal de la Quinta Brigada de Montaña llegó tarde a una formación y su superior, no contento con recriminárselo ante los demás, lo abofeteó. Hasta ahí, todo mal, pero nada raro. Cuarenta y ocho horas  más tarde el recluta denuncia algo gravísimo: haber sido dopado y ultrajado por sus propios compañeros. Las manchas de sangre en el pantalón, primero, y el diagnóstico de prolapso rectal después, no dejaron dudas. Mientras el soldado era trasladado al hospital, el Ejército se lavaba las manos negando todo en un comunicado nefasto. La historia desgarradora apareció en los diarios convertida en una nota breve, al final de las columnas regionales.

 

Se supone que en todos estos casos hay investigaciones en marcha, pero ese no es el fondo del rollo. El fondo es que tanto el cabo violado, la suboficial golpeada, el niño apedreado, como los ciclistas atropellados han sido marcados por el recelo que produce el abuso: ahora son personas más desconfiadas, más incrédulas, estarán más a la defensiva. Ninguno de ellos merecía haber sido despojados tan violentamente de sus ganas de vivir en paz.   

 
 

 
Renato
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