Tengo lista una linterna con pilas a dos zancadas de mi cama, y a cinco, una mochila con algo de ropa y sandalias. Una bolsa con galletas y botellas de agua descansan a diario en un rincón de mi cocina (las galletas acaso ya vencieron, pero no importa). Además, cada noche dejo la llave permanentemente puesta en la cerradura de la puerta para facilitarme la fuga en caso de que el temblor se ponga peludo. A esas pocas medidas se reduce todo mi plan de prevención ante la contingencia de que Lima se vea sacudida por un terremoto como el que ayer castigó las costas de Japón. No es suficiente, lo sé, pero algo es algo. Viviendo solo en el tercer piso de un edificio, capto que en algún momento tendré que juntarme con esos vecinos anónimos a los que nunca veo ni hablo para organizar juntos una ruta de emergencia por si, llegado el momento, existe riesgo de que colapse la estructura de nuestra torre.
Desde ayer en la mañana –como muchos de ustedes tal vez– no he hecho otra cosa que buscar en Internet material del sismo y el tsunami originados en Okinawa. Cada nuevo video es más perturbador que el anterior. Observo las imágenes con esa mezcla de pavor, consternación, urgencia informativa y destemplado morbo que nos produce cada fenómeno natural devastador. Hasta este instante, las dos escenas más espeluznantes que vi son: la de una embarcación con cien personas a bordo girando en la espiral de un remolino que amenaza con tragárselo; y el cuadro de un edificio rectangular gigantesco, tapado de agua hasta la mitad, en cuya azotea desesperados japoneses lloran por auxilio al tiempo que buscan identificar a sus amigos y familiares entre un mar de cadáveres flotantes. Me asusta cuando los efectos especiales del cine se quedan cortos antes los efectos especiales de la realidad.
“El mundo se está acabando, joven”, me dijo ayer una señora taxista. Me lo dijo seca, sin drama, con el mismo tono desapasionado con que luego me cobraría los diez soles del pasaje. Cuando en la radio anunciaron que el tsunami golpearía el puerto del Callao con relativa suavidad, la señora pasó su mano por la estampita de San Martín de Porres que colgaba de su espejo retrovisor y se persignó. “Vaya con Dios”, me dijo al despedirme. Y me fui. Aunque creo que sin Dios.
Ocurra o no un terremoto en Lima, se termine de destruir o no el mundo el 2012, creo que lo más importante de todo esto es, por un lado, asumir conciencia de nuestra fragilidad y nuestra pequeñez, y por otro, activar nuestro espíritu de solidaridad y supervivencia. Ambas cosas se consiguen hablando, coordinando, no a nivel país, sino a nivel familia. Hay que definir con nuestros padres, hermanos e hijos quién cumplirá tal o cual rol cuando el maldito terremoto pase a visitarnos. Hoy sábado es un buen día para someternos a ese rápido ejercicio, no debería tomar más de veinte minutos. Esta columna solo habrá servido si tan solo un lector decide esta noche preparar una linterna, poner algo de ropa en la mochila, reunir provisiones y dejar la llave puesta para salir volando cuando llegue el sismo, y cuando no sea demasiado tarde.
Renato
Cisneros